Capítulo 8
El balcón de las estrellas
Sarah
Driver:
Vale, sabía que Ellen había venido
solo por la comida. Era completamente consciente de que el chocolate estaba en
peligro. Consciente de que ella evitaría con su alma hablar con alguien. Pero
tampoco se me pasó por la cabeza la posibilidad de que desapareciera sin
decirme ni una palabra.
Cuando habíamos bajado las escaleras
de la sala principal, Cameron ya me había visto y se había acercado a nosotras.
Siendo sincera, no había estado tan feliz en mucho tiempo. Cuando nuestros ojos
se encontraron en medio de toda aquella multitud, sentí que explotaría de
alegría.
-Hey... -Dijo cuando llegó a mi lado.
-Hola. -Respondí. Me pareció escuchar
a Ellen suspirar. -¿Qué tal?
-Bien, estaba hace un momento con Aaron.
Ben está... socializando. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Bien. Esperaba encontrarte. -Dije un
segundo antes de arrepentirme de ello. Sentí que me ponía del color de un
tomate. Cameron sonrió, algo sonrojado, pero no respondió.
El silencio reinó en la conversación
por unos segundos. Ellen nos miraba a los dos, con una pizca de curiosidad. El
chico miraba sus pies y yo jugueteaba con mis manos, ¿nerviosa?
-Esto... -Dije observando a mi amiga
de reojo. - Cameron,
esta es mi mejor amiga, Ellen Foster.
-Hola. -Saludó ella sin quitarle los
ojos de encima. Bueno, parecía más bien estar estudiándolo que otra cosa. De
hecho, si Ellen tuviera la capacidad, estoy completamente segura de que lo había
congelado con la mirada. Incluso a mí me daban escalofríos su expresión cuando
conocía a alguien. Cameron no reaccionó. Sonrió y le ofreció la mano. Ella se
la cogió.
-Yo soy Cameron Parker. Un placer
conocerte. Sarah me ha hablado mucho de ti. Te gusta mucho leer, ¿no? -Ellen asintió.
-Tú vas al club de fútbol, ¿no es
así? -Reprimí una sonrisa. Es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que
la gente te escucha cuando hablas.
-Eh... Bueno, Sarah, voy a ir a comer
algo... – “de chocolate”, le habría faltado decir. Observó con ojos brillantes
a la mesa sobre la que había un hermoso banquete; para ella sobre todo.
-Vale. -Respondí. -¿Tú quieres que
vayamos a dar un paseo? Le pregunté a Cameron.
-Claro. -Me dijo él.
-Adiós, Ellen. Disfruta de la fiesta.
-Y nos comenzamos a alejar. Ella me sonrió y luego alzó la vista, observando
toda la sala.
La última vez que la vi, se había
sentado al lado de la zona del chocolate y estaba leyendo un libro. Cómo no. Pensé en ese momento. Aunque,
claro, nunca imaginé que minutos después desaparecería. Y no solo de esa zona, sino
de toda la sala.
Ellen Foster:
¿Quién iba a decir que me encontraría
en aquella situación? ¿Yo? ¿Con Aaron Russel? ¿Abandonando una multitud?
Parecía algo sobrenatural. Sobre todo, teniendo en cuenta que él no sabía ni mi
nombre.
Me guió a través de tantos pasillos
que no sabría regresar a la sala principal ni aunque quisiera. Todas las
paredes estaban tapizadas y había varios cuadros en ellas. Desde paisajes,
hasta retratos de variados desconocidos. Una de las paredes (concretamente, la
izquierda) siempre tenía unas ventanas que daban al jardín, rodeadas de enormes
cortinas de color granate. En la otra pared, de vez en cuando encontrábamos una
puerta, pero todas las que habíamos visto estaban cerradas.
-Wow, esta casa parece más bien un
castillo, ¿cuántas habitaciones hay?
-¿Quién sabe? Si yo viviera aquí no
haría más que perderme.
-Jajajaja. ¿Insinúas que ahora mismo
no sabes a dónde vamos?
-Uy... Pues no sé si responderte. ¿Me
dirás tu nombre a cambio de la respuesta?
-Pides demasiado. -Contesté divertida,
imitando el tono de hablar antiguo.
-Pido dos palabras. Quizá tan solo
una. -Respondió él siguiéndome el rollo, con una sonrisa.
-Oh, pues en esta misma frase te
estoy dando unas cuantas palabras... incluso más de dos.
-Ja ja, muy graciosa. -Dijo
sarcásticamente, justo en el momento en el que giramos hacia la derecha
adentrándonos en otro pasillo en el que había una puerta de cristal, que daba
probablemente a un balcón.
-¡Aquí está!
-Oh, así que sí sabías dónde
estábamos.
-No en realidad. Hemos llegado
gracias a mi gran orientación. -Dijo sonriendo. Intentó abrir la puerta, pero
estaba cerrada.
-Mm... La última vez... -Pensó en voz
alta.
La mirada de Aaron se iluminó al
observar una puerta que estaba al lado contrario del balcón. Y, tras abrirla,
dejó a la vista una habitación, algo más grande que la mía.
Tenía una cama de matrimonio con unas
sábanas blancas y azules. A los lados había dos mesillas, cada una con una
lámpara. Cerca de la cama, había un armario de puertas de madera, pero pintadas
de blanco. También se podía admirar una cómoda, además de una mesa de
escritorio. Próxima al armario, había una puerta que posiblemente dirigía a un
baño. Pero no había indicios de que alguien hubiera dormido ahí en un tiempo:
hacía mucho frío y sobre las cómodas había algo de polvo.
Aaron entreabrió uno de los cajones
de la cómoda.
-Aquí está. -Afirmó sacando una llave.
En ese momento, surgieron una gran cantidad de preguntas en mi cabeza.
-Eh... ¿Podemos hacer esto?
-Pregunté. - ¿Meternos en una habitación en medio de una fiesta?
-Sinceramente, no estoy seguro. -Dijo
cerrando el cajón. -Pero me gustaría saber la respuesta. Si le preguntamos a la
anfitriona, lo sabremos. En ese momento, me vino a la mente una imagen de Amber
Owens.
-Buf... Preferiría evitarlo.
-Yo también. -Respondió sonriendo.
-Y... ¿has estado aquí antes? ¿Cómo
sabías que la llave estaba ahí? -Dije paseándome por la habitación y
deteniéndome a observar uno de los cuadros que había en esta.
-Amber hace muchas fiestas. Y pone a
menudo música que no me gusta. O me rodea compañía que desearía ignorar. ¿Qué
mejor forma de irse de ahí que escaquearse para hacer algo más interesante? Y
con algo interesante me refiero a investigar por aquí. – Dijo con una sonrisa.
-Ya veo... -Respondí satisfecha por
su respuesta.
Volvimos al pasillo y Aaron cerró la
puerta de la habitación. Me dio la llave del balcón con una sonrisa y yo la
acepté. Cuando abrí la entrada del balcón, una ráfaga de viento helado hizo que
se me pusiera la piel de gallina. De un momento a otro, comencé a tiritar. Observé
el bolso que llevaba al hombro en busca de mi chaqueta, pero no la encontré.
¿Me la había dejado en las sillas de antes? Suspiré y me froté los brazos con
fuerza, en busca de calor.
-¡Un momento! -Dijo Aaron volviendo
dentro por un segundo, dejándome sola en aquel enorme balcón. Había un montón
de plantas y un banco. Me senté en él, y pude observar todo el jardín desde ese
ángulo. Era una vista increíble.
De repente, sentí una manta sobre mí.
Miré a mi derecha, donde Aaron se había sentado también.
-Hace frío, ¿no? -Dijo refiriéndose
al hecho de ponerme la manta. Yo asentí, me acerqué a él y lo tapé también con
ella.
-Lo mismo va para ti. -Respondí
sonriendo.
Aaron Russel:
¿Cómo podía existir en el mundo una
persona tan...? ¿Tan...? ¿Así? Cuando se acercó a mí y me puso la manta, me
puse, literalmente, como un tomate. Si no se percató de ello fue gracias a que
la incómoda máscara estaba cubriendo mi rostro. Cuando me tranquilicé, me la
quité por comodidad. La chica me miró sorprendida y, después sonrió. Ah...
Quizá no debí haberme quitado la máscara... Volví a sentir que la sangre se
subía a mi cabeza.
-Esta vista es preciosa. -Dijo.
El jardín de Amber siempre había sido
precioso. Podíamos observar una especie de bosque y un camino rodeado de
farolillos. La mayoría de los pinos llevaban las características luces
navideñas. El cielo estaba oscuro, y la noche lo reinaba, lo que no permitió, a
pesar de no ver la luna, observar las estrellas a la perfección.
-¿Conoces alguna constelación? -Me
preguntó sonriendo. Yo negué con la cabeza.
-Yo leí hace un tiempo un libro sobre
mitos de las constelaciones. Lo más curioso es que recuerdo los nombres y las
historias, pero no su aspecto.
-Te gusta leer, ¿no? -Dije sin dejar
de mirarla. Sus ojos verdes brillaban cada vez que admiraba el paisaje. Podría
decirse que su expresión de felicidad era lo mejor que se podía ver en aquel
momento.
-Sí... Casi tanto como el chocolate.
No estoy segura de qué me gusta más... -Dijo pensativa.
-Confirmado.
Te pega ser la ayudante de la bibliotecaria. -Ella sonrió.
-Bueno, a mí me alegra saber que perteneces
al 5% de los estudiantes que conocen de la existencia de la biblioteca. -Me
reí. -Bueno, y a ti, ¿qué te gusta? A mí me gusta el chocolate y la lectura.
-Mmm... La fotografía. Me gusta la
fotografía. -Ella me observó curiosa.
-¿En serio? -Asentí. -Vale, eso no me
lo esperaba.
-Mi
abuelo tenía una cámara de fotos (de esas antiguas) en el desván de su casa.
Era preciosa. Me enseñó a utilizarla cuando tenía... No me acuerdo... Supongo
que podría decirse que aprendí a usarla antes que a escribir.
-Qué curioso. -Dijo con una sonrisa.
-Ah, y también me gusta el invierno.
-¡A mí también! La nieve y...
-...y el chocolate caliente. -Dije
yo, sonriendo.
-Me has leído la mente. -Respondió
correspondiéndome el gesto. En ese momento, cruzamos la mirada.
-¿Me vas a decir cómo te llamas? -
Pregunté observándola.
-Me llamo... -Justo en ese instante,
las campanadas de medianoche interrumpieron lo que la chica iba a decir.
-¿Cómo? -Pregunté con insistencia. En
su rostro se dibujó una sonrisa traviesa.
-Creo que el mismo destino no quiere
que sepas mi nombre. -Dijo sin borrar su expresión. ¡Me pregunto si podrás
averiguarlo! -Y se puso a reír.
-Ah... -La chica se acercó un poco
más, lo que nos permitió a los dos tener un poco más de manta.
-Feliz Navidad. -Suspiré después de
escucharla.
-Igualmente. -Nos quedamos en
silencio unos segundos.
-¿Y cómo puedo encontrarte?
-Ah, eso lo dejo a tu imaginación.
-Mmm... Eres amiga de Sarah, ¿no?
-Pregunté. No, si te parece habían
venido juntas porque no son amigas ni nada... Ella asintió.
-¿Hay alguien más que sepa tu
nombre?
-Supongo... Eh... ¡Ah! Hoy se lo he
dicho a un amigo tuyo, ahora que lo pienso. Se llama... Eh… ¡Camembert! -Cuando
ella se dio cuenta de lo que había dicho, comenzó a reírse a carcajadas. Yo no
pude evitar imitarla. ¿De dónde se había sacado ese nombre?
- Cameron... Perfecto, él me lo dirá. Y
si no, Sarah lo hará.
-¿Y si no te lo dicen?
-¿Por qué no me lo dirían? -Ella me
miró expectante, sin renunciar a encontrar una respuesta. -Entonces... Te
buscaría de entre todas las clases del instituto.
-Hay ocho en nuestro curso.
-Lo haría. Quizá hasta podría colgar
carteles por todos lados. <<En
busca de la chica misteriosa vestida de verde>>. Y muchas más cosas.
Haría tanto el ridículo que tendrás que decirme quién eres. Aunque fuera por
pena. -La chica se empezó a reír.
-Me gustaría verlo. Jajajajaja…
-Bueno, ¿esto ha funcionado para que
me lo digas? -La chica negó con la cabeza, todavía riéndose.
-Ah...
Y nos quedamos en silencio. Lo único
que podíamos escuchar era el sonido de los grillos y de nuestras respiraciones.
Ni siquiera escuchábamos la música de la fiesta de lo lejos que la habíamos
dejado. Olía a humo de chimenea. Observé a la chica, con el pelo de color
azabache, los ojos verdes y un rostro desconocido. Las estrellas estaban en las
mismas posiciones de siempre, pero extrañamente, sentía que estaban más cerca
que nunca.
-¿Tú también sientes que las
estrellas están más cerca que nunca...? -Preguntó girándose para verme. Pero se
encontró con mi mirada.
Sin darme cuenta, me había acercado a
ella. Mi corazón latía muy rápido, mucho más rápido de lo normal. Y, casi sin
darnos tiempo a pensar en ello, sus labios tocaron los míos. Tenía sabor a
chocolate. Solo podía escuchar su respiración. En seguida nos separamos. Buenom
mejor dicho, se separó. Todo rastro de conversación desapareció. Y, cuando me
dio tiempo a darme cuenta de lo que acababa de suceder, me quedé sin palabras.
Me puse rojo como un tomate. ¿Había dado mi primer beso?
Ellen Foster:
Había dado mi primer beso. Casi sin
haberme dado cuenta. Simplemente... Había sucedido. Traté de hablar. Decir
algo. Una simple palabra. Pero no podía. Me había quedado muda.
Me levanté, susurré un "lo siento" y comencé a
correr. Salí de ahí lo más rápido que pude. Y, me vino a la mente mi
conversación con Sarah de aquella misma tarde. Para esto sí que habrían venido
bien las zapatillas de deporte...
Aaron Russel:
Y salió corriendo. Así sin más. Desapareció. No sabía ni siquiera si sería capaz de orientarse para volver a la multitud. Podía correr tras ella. Podía hacer eso. O podía quedarme ahí. Enfrentarme a esa situación en otro momento.
Y salió corriendo. Así sin más. Desapareció. No sabía ni siquiera si sería capaz de orientarse para volver a la multitud. Podía correr tras ella. Podía hacer eso. O podía quedarme ahí. Enfrentarme a esa situación en otro momento.
Prefería mil veces la primera opción.
Debía hacer eso para evitar arrepentirme después. Pero no lo hice. Mis piernas
no se movieron. Sigo sin entender las razones de ello. Quizá mi yo interno
respetó la opinión de la chica al salir corriendo. Quizá era demasiado cobarde
como para enfrentarme a ella en ese momento. Pero no iba a perderla por eso.
Estaba seguro de ello.
Buenas tardes, noches o días, dependiendo de cuándo estés leyendo este capítulo... :-)
Espero que os haya gustado. Jejeje... La verdad es que cada vez que avanzo en la historia, me doy cuenta de que me está quedando un poco... muy... bastante... demasiado... cliché.
Jajaja... Pero bueno, aún así, ojalá os esté gustando. :D

Espero que os haya gustado. Jejeje... La verdad es que cada vez que avanzo en la historia, me doy cuenta de que me está quedando un poco... muy... bastante... demasiado... cliché.
Jajaja... Pero bueno, aún así, ojalá os esté gustando. :D


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