sábado, 17 de agosto de 2019

Sabor a chocolate - Capítulo 8



Capítulo 8
El balcón de las estrellas

Sarah Driver:
Vale, sabía que Ellen había venido solo por la comida. Era completamente consciente de que el chocolate estaba en peligro. Consciente de que ella evitaría con su alma hablar con alguien. Pero tampoco se me pasó por la cabeza la posibilidad de que desapareciera sin decirme ni una palabra. 
Cuando habíamos bajado las escaleras de la sala principal, Cameron ya me había visto y se había acercado a nosotras. Siendo sincera, no había estado tan feliz en mucho tiempo. Cuando nuestros ojos se encontraron en medio de toda aquella multitud, sentí que explotaría de alegría. 
-Hey... -Dijo cuando llegó a mi lado.
-Hola. -Respondí. Me pareció escuchar a Ellen suspirar. -¿Qué tal?
-Bien, estaba hace un momento con Aaron. Ben está... socializando. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Bien. Esperaba encontrarte. -Dije un segundo antes de arrepentirme de ello. Sentí que me ponía del color de un tomate. Cameron sonrió, algo sonrojado, pero no respondió.
El silencio reinó en la conversación por unos segundos. Ellen nos miraba a los dos, con una pizca de curiosidad. El chico miraba sus pies y yo jugueteaba con mis manos, ¿nerviosa? 
-Esto... -Dije observando a mi amiga de reojo. - Cameron, esta es mi mejor amiga, Ellen Foster. 
-Hola. -Saludó ella sin quitarle los ojos de encima. Bueno, parecía más bien estar estudiándolo que otra cosa. De hecho, si Ellen tuviera la capacidad, estoy completamente segura de que lo había congelado con la mirada. Incluso a mí me daban escalofríos su expresión cuando conocía a alguien. Cameron no reaccionó. Sonrió y le ofreció la mano. Ella se la cogió.
-Yo soy Cameron Parker. Un placer conocerte. Sarah me ha hablado mucho de ti. Te gusta mucho leer, ¿no? -Ellen asintió. 
-Tú vas al club de fútbol, ¿no es así? -Reprimí una sonrisa. Es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que la gente te escucha cuando hablas.
-Eh... Bueno, Sarah, voy a ir a comer algo... – “de chocolate”, le habría faltado decir. Observó con ojos brillantes a la mesa sobre la que había un hermoso banquete; para ella sobre todo. 
-Vale. -Respondí. -¿Tú quieres que vayamos a dar un paseo? Le pregunté a Cameron.
-Claro. -Me dijo él. 
-Adiós, Ellen. Disfruta de la fiesta. -Y nos comenzamos a alejar. Ella me sonrió y luego alzó la vista, observando toda la sala. 
La última vez que la vi, se había sentado al lado de la zona del chocolate y estaba leyendo un libro. Cómo no. Pensé en ese momento. Aunque, claro, nunca imaginé que minutos después desaparecería. Y no solo de esa zona, sino de toda la sala. 

Ellen Foster:
¿Quién iba a decir que me encontraría en aquella situación? ¿Yo? ¿Con Aaron Russel? ¿Abandonando una multitud? Parecía algo sobrenatural. Sobre todo, teniendo en cuenta que él no sabía ni mi nombre.
Me guió a través de tantos pasillos que no sabría regresar a la sala principal ni aunque quisiera. Todas las paredes estaban tapizadas y había varios cuadros en ellas. Desde paisajes, hasta retratos de variados desconocidos. Una de las paredes (concretamente, la izquierda) siempre tenía unas ventanas que daban al jardín, rodeadas de enormes cortinas de color granate. En la otra pared, de vez en cuando encontrábamos una puerta, pero todas las que habíamos visto estaban cerradas. 
-Wow, esta casa parece más bien un castillo, ¿cuántas habitaciones hay?
-¿Quién sabe? Si yo viviera aquí no haría más que perderme.
-Jajajaja. ¿Insinúas que ahora mismo no sabes a dónde vamos? 
-Uy... Pues no sé si responderte. ¿Me dirás tu nombre a cambio de la respuesta?
-Pides demasiado. -Contesté divertida, imitando el tono de hablar antiguo.
-Pido dos palabras. Quizá tan solo una. -Respondió él siguiéndome el rollo, con una sonrisa.
-Oh, pues en esta misma frase te estoy dando unas cuantas palabras... incluso más de dos.
-Ja ja, muy graciosa. -Dijo sarcásticamente, justo en el momento en el que giramos hacia la derecha adentrándonos en otro pasillo en el que había una puerta de cristal, que daba probablemente a un balcón.
-¡Aquí está!
-Oh, así que sí sabías dónde estábamos.
-No en realidad. Hemos llegado gracias a mi gran orientación. -Dijo sonriendo. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.
-Mm... La última vez... -Pensó en voz alta.
La mirada de Aaron se iluminó al observar una puerta que estaba al lado contrario del balcón. Y, tras abrirla, dejó a la vista una habitación, algo más grande que la mía. 
Tenía una cama de matrimonio con unas sábanas blancas y azules. A los lados había dos mesillas, cada una con una lámpara. Cerca de la cama, había un armario de puertas de madera, pero pintadas de blanco. También se podía admirar una cómoda, además de una mesa de escritorio. Próxima al armario, había una puerta que posiblemente dirigía a un baño. Pero no había indicios de que alguien hubiera dormido ahí en un tiempo: hacía mucho frío y sobre las cómodas había algo de polvo. 
Aaron entreabrió uno de los cajones de la cómoda.
-Aquí está. -Afirmó sacando una llave. En ese momento, surgieron una gran cantidad de preguntas en mi cabeza. 
-Eh... ¿Podemos hacer esto? -Pregunté. - ¿Meternos en una habitación en medio de una fiesta?
-Sinceramente, no estoy seguro. -Dijo cerrando el cajón. -Pero me gustaría saber la respuesta. Si le preguntamos a la anfitriona, lo sabremos. En ese momento, me vino a la mente una imagen de Amber Owens. 
-Buf... Preferiría evitarlo.
-Yo también. -Respondió sonriendo.
-Y... ¿has estado aquí antes? ¿Cómo sabías que la llave estaba ahí? -Dije paseándome por la habitación y deteniéndome a observar uno de los cuadros que había en esta.
-Amber hace muchas fiestas. Y pone a menudo música que no me gusta. O me rodea compañía que desearía ignorar. ¿Qué mejor forma de irse de ahí que escaquearse para hacer algo más interesante? Y con algo interesante me refiero a investigar por aquí. – Dijo con una sonrisa.
-Ya veo... -Respondí satisfecha por su respuesta.
Volvimos al pasillo y Aaron cerró la puerta de la habitación. Me dio la llave del balcón con una sonrisa y yo la acepté. Cuando abrí la entrada del balcón, una ráfaga de viento helado hizo que se me pusiera la piel de gallina. De un momento a otro, comencé a tiritar. Observé el bolso que llevaba al hombro en busca de mi chaqueta, pero no la encontré. ¿Me la había dejado en las sillas de antes? Suspiré y me froté los brazos con fuerza, en busca de calor. 
-¡Un momento! -Dijo Aaron volviendo dentro por un segundo, dejándome sola en aquel enorme balcón. Había un montón de plantas y un banco. Me senté en él, y pude observar todo el jardín desde ese ángulo. Era una vista increíble.
De repente, sentí una manta sobre mí. Miré a mi derecha, donde Aaron se había sentado también. 
-Hace frío, ¿no? -Dijo refiriéndose al hecho de ponerme la manta. Yo asentí, me acerqué a él y lo tapé también con ella. 
-Lo mismo va para ti. -Respondí sonriendo.

Aaron Russel:
¿Cómo podía existir en el mundo una persona tan...? ¿Tan...? ¿Así? Cuando se acercó a mí y me puso la manta, me puse, literalmente, como un tomate. Si no se percató de ello fue gracias a que la incómoda máscara estaba cubriendo mi rostro. Cuando me tranquilicé, me la quité por comodidad. La chica me miró sorprendida y, después sonrió. Ah... Quizá no debí haberme quitado la máscara... Volví a sentir que la sangre se subía a mi cabeza.
-Esta vista es preciosa. -Dijo. 
El jardín de Amber siempre había sido precioso. Podíamos observar una especie de bosque y un camino rodeado de farolillos. La mayoría de los pinos llevaban las características luces navideñas. El cielo estaba oscuro, y la noche lo reinaba, lo que no permitió, a pesar de no ver la luna, observar las estrellas a la perfección. 
-¿Conoces alguna constelación? -Me preguntó sonriendo. Yo negué con la cabeza. 
-Yo leí hace un tiempo un libro sobre mitos de las constelaciones. Lo más curioso es que recuerdo los nombres y las historias, pero no su aspecto.
-Te gusta leer, ¿no? -Dije sin dejar de mirarla. Sus ojos verdes brillaban cada vez que admiraba el paisaje. Podría decirse que su expresión de felicidad era lo mejor que se podía ver en aquel momento.
-Sí... Casi tanto como el chocolate. No estoy segura de qué me gusta más... -Dijo pensativa. 
-Confirmado. Te pega ser la ayudante de la bibliotecaria. -Ella sonrió.
-Bueno, a mí me alegra saber que perteneces al 5% de los estudiantes que conocen de la existencia de la biblioteca. -Me reí. -Bueno, y a ti, ¿qué te gusta? A mí me gusta el chocolate y la lectura.
-Mmm... La fotografía. Me gusta la fotografía. -Ella me observó curiosa.
-¿En serio? -Asentí. -Vale, eso no me lo esperaba. 
-Mi abuelo tenía una cámara de fotos (de esas antiguas) en el desván de su casa. Era preciosa. Me enseñó a utilizarla cuando tenía... No me acuerdo... Supongo que podría decirse que aprendí a usarla antes que a escribir.
-Qué curioso. -Dijo con una sonrisa.
-Ah, y también me gusta el invierno.
-¡A mí también! La nieve y... 
-...y el chocolate caliente. -Dije yo, sonriendo. 
-Me has leído la mente. -Respondió correspondiéndome el gesto. En ese momento, cruzamos la mirada. 
-¿Me vas a decir cómo te llamas? - Pregunté observándola. 
-Me llamo... -Justo en ese instante, las campanadas de medianoche interrumpieron lo que la chica iba a decir. 
-¿Cómo? -Pregunté con insistencia. En su rostro se dibujó una sonrisa traviesa. 
-Creo que el mismo destino no quiere que sepas mi nombre. -Dijo sin borrar su expresión. ¡Me pregunto si podrás averiguarlo! -Y se puso a reír. 
-Ah... -La chica se acercó un poco más, lo que nos permitió a los dos tener un poco más de manta. 
-Feliz Navidad. -Suspiré después de escucharla.
-Igualmente. -Nos quedamos en silencio unos segundos. 
-¿Y cómo puedo encontrarte?
-Ah, eso lo dejo a tu imaginación.
-Mmm... Eres amiga de Sarah, ¿no? -Pregunté. No, si te parece habían venido juntas porque no son amigas ni nada... Ella asintió.
-¿Hay alguien más que sepa tu nombre? 
-Supongo... Eh... ¡Ah! Hoy se lo he dicho a un amigo tuyo, ahora que lo pienso. Se llama... Eh… ¡Camembert! -Cuando ella se dio cuenta de lo que había dicho, comenzó a reírse a carcajadas. Yo no pude evitar imitarla. ¿De dónde se había sacado ese nombre?
- Cameron... Perfecto, él me lo dirá. Y si no, Sarah lo hará. 
-¿Y si no te lo dicen? 
-¿Por qué no me lo dirían? -Ella me miró expectante, sin renunciar a encontrar una respuesta. -Entonces... Te buscaría de entre todas las clases del instituto.
-Hay ocho en nuestro curso.
-Lo haría. Quizá hasta podría colgar carteles por todos lados. <<En busca de la chica misteriosa vestida de verde>>. Y muchas más cosas. Haría tanto el ridículo que tendrás que decirme quién eres. Aunque fuera por pena. -La chica se empezó a reír.
-Me gustaría verlo. Jajajajaja… 
-Bueno, ¿esto ha funcionado para que me lo digas? -La chica negó con la cabeza, todavía riéndose.
-Ah...
Y nos quedamos en silencio. Lo único que podíamos escuchar era el sonido de los grillos y de nuestras respiraciones. Ni siquiera escuchábamos la música de la fiesta de lo lejos que la habíamos dejado. Olía a humo de chimenea. Observé a la chica, con el pelo de color azabache, los ojos verdes y un rostro desconocido. Las estrellas estaban en las mismas posiciones de siempre, pero extrañamente, sentía que estaban más cerca que nunca.
-¿Tú también sientes que las estrellas están más cerca que nunca...? -Preguntó girándose para verme. Pero se encontró con mi mirada. 
Sin darme cuenta, me había acercado a ella. Mi corazón latía muy rápido, mucho más rápido de lo normal. Y, casi sin darnos tiempo a pensar en ello, sus labios tocaron los míos. Tenía sabor a chocolate. Solo podía escuchar su respiración. En seguida nos separamos. Buenom mejor dicho, se separó. Todo rastro de conversación desapareció. Y, cuando me dio tiempo a darme cuenta de lo que acababa de suceder, me quedé sin palabras. Me puse rojo como un tomate. ¿Había dado mi primer beso?

Ellen Foster:
Había dado mi primer beso. Casi sin haberme dado cuenta. Simplemente... Había sucedido. Traté de hablar. Decir algo. Una simple palabra. Pero no podía. Me había quedado muda.
Me levanté, susurré un "lo siento" y comencé a correr. Salí de ahí lo más rápido que pude. Y, me vino a la mente mi conversación con Sarah de aquella misma tarde. Para esto sí que habrían venido bien las zapatillas de deporte...

Aaron Russel:
Y salió corriendo. Así sin más. Desapareció. No sabía ni siquiera si sería capaz de orientarse para volver a la multitud. Podía correr tras ella. Podía hacer eso. O podía quedarme ahí. Enfrentarme a esa situación en otro momento. 

Prefería mil veces la primera opción. Debía hacer eso para evitar arrepentirme después. Pero no lo hice. Mis piernas no se movieron. Sigo sin entender las razones de ello. Quizá mi yo interno respetó la opinión de la chica al salir corriendo. Quizá era demasiado cobarde como para enfrentarme a ella en ese momento. Pero no iba a perderla por eso. Estaba seguro de ello.
   Continuará...

Buenas tardes, noches o días, dependiendo de cuándo estés leyendo este capítulo... :-)
Espero que os haya gustado. Jejeje... La verdad es que cada vez que avanzo en la historia, me doy cuenta de que me está quedando un poco... muy... bastante... demasiado... cliché. 
Jajaja... Pero bueno, aún así, ojalá os esté gustando. :D




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