Capítulo 2
Un plato de ensalada
Las
cuatro horas de la mañana se me pasaron muy rápido. Seguramente fue porque no
hicimos nada y los profesores solo nos contaran un poco su vida y nos hicieron
recomendaciones para el próximo trimestre. Y por fin llegó la hora de la
comida.
Saqué mi dinero de la mochila y me
dirigí al comedor. Ese lugar era el más refrescante de todo el instituto. Era
grande y de paredes blancas. Las ventanas solían abrirse para ventilar, pero
cuando comenzaba a hacer frío se cerraban y se ponían las estufas. El ambiente
adolescente prácticamente no se notaba con lo bien que se estaba. Eso sí, yo
odiaba las multitudes, y ese lugar no era el más adecuado para alguien como yo.
Me dirigí a la barra tratando de no llamar la atención y, mientras la enorme
cola de gente avanzaba, yo cogí mi bandeja y me serví pasta y ensalada. Cuando
llegué a la bebida, agarré la última botella de agua que quedaba.
-Perdona, pero yo también quería eso...
-La magnífica Amber Owens había aparecido, con una sonrisa más falsa que el
césped artificial. -¿No te importaría cambiarla? -Me quedé muda. Es decir, esa
chica es más fastidiosa, que incluso alguien como yo, que vive lo más apartado
de la vida estudiantil, sabe quién es.
-Eh...yo... Claro que no. -Le di la
botella y traté de salir corriendo de ahí, pero entonces choqué con algo y se
me torció la bandeja, haciendo que solo el plato de pasta sobreviviera. Mejor
dicho, choqué con alguien. Miré al frente y pude ver a un chico lleno de hojas
de ensalada por todas partes.
-¡¡Lo siento muchísimo!! -Exclamé
mientras trataba de quitarle las hojas de encima. -Menos mal que no estaba
aliñada...
-Y que no se me ha caído encima el
plato de pasta. -Dijo el chico riendo. Tenía el pelo castaño y los ojos de un
marrón oscuro. Era un chico del color del chocolate.
Pronto, me di cuenta de que todas las
personas a nuestro alrededor nos observaban, con los ojos como platos y
murmurando cosas. Tragué saliva, mientras le retiraba la última lechuga.
-De verdad, lo siento mucho. -Dije
para terminar. Y prácticamente salí corriendo a refugiarme en la biblioteca.
Entré corriendo y cerré la puerta a
mi paso. Estaba casi temblando. Había metido la pata del todo. Miré a la mesa
de la bibliotecaria y allí estaba Rebecca, observándome perpleja.
-¿Qué pasa, Ellen? -Me preguntó.
Siempre me ha llamado la atención lo joven que parece. Es decir, parece de mi
edad. Incluso más pequeña. Tiene el pelo color caramelo, unas gafas de montura
rojas y pecas. Sus ojos marrones oscuros me observaban atentamente, esperando
una respuesta.
-Le he tirado un plato de ensalada
encima a un chico. -Ella primero me miró. Después pensó en lo que acababa de
decir e imaginó la escena. Y, por último, comenzó a partirse de risa.
-Jajajaaj... Siempre te pasan unas
cosas más raras... Jajajaja. -La miré con el ceño fruncido. -Tranquila,
tranquila, ya me dejo de reír.
-Por lo menos no estaba aliñada.
-Hizo una mueca tratando de reprimir la risa.
-Bueno...Pff... No creo que pase nada
entonces... -Se la veía a punto de echarse a reír.
-Ya bueno, pero he llamado la
atención de todo el comedor. -Me acerqué a una de las mesas que había,
especialmente para estudiar. Claro, que ahí nadie estudiaba. Y ahí casi nadie
iba. Tan solo el cinco por ciento de los estudiantes de aquel instituto
conocían la existencia de aquella sala del último piso. Como no iba mucha
gente, aquel lugar estaba proclamado como "mi comedor". Me senté en
una de las sillas de colores y comencé a comerme mi plato de pasta.
-Menos mal que no se me ha caído la
pasta. Eso sí que habría sido bochornoso...
-Bueno, tú tranquila. En cuanto
ocurra otra cosa interesante, los rumores cambiarán su objetivo. Te lo digo por
experiencia.
-Y no mucha gente me conoce, ¿no? Es
decir, puedo estar de vez en cuando al lado de Sarah, pero, gracias a los
cielos, la gente no habla conmigo.
-A lo mejor es porque emanas un poco
el aura de la niña de "The Ring".
-Ja, ja muy graciosa. -Dije
sarcásticamente. Ella se rió.
-Es broma... Será porque pareces
siempre algo inaccesible. Después de todo, eres una persona muy reservada.
-En eso tienes razón. Y, de todas
formas, tampoco me interesa que la gente recuerde mi rostro o mi nombre. Así
que voy a seguir así hasta que termine el instituto. O hasta que termine la
universidad. -Repentinamente, el móvil de Rebecca comenzó a vibrar.
-Uh. Un momento, Ellen. Tengo que
cogerlo.
-Tranquila. -Dije mientras comencé a
leer los títulos que había en los lomos de una pila de libros. Todos parecían
históricos. Ella cogió la llamada y comenzó a hablar.
Adoraba el ambiente que se respiraba
en la biblioteca. Era de un estilo clásico y antiguo, pero no por ello estaba
llena de polvo. La habitación estaba bien iluminada por la luz de las ventanas,
puesto que las estanterías estaban colocadas de una inteligente forma que lo
permitía. Era acogedora y limpia. Cuando entrabas, un silencio se escuchaba de
música, aunque la gente no hablara a susurros. Era una sensación extraña. Como
si una cúpula separara aquella sala del resto del edificio.
-Sí, claro. Esta tarde lo compro. Grace,
un momento. -Dijo separándose un poco del teléfono. Me miró. -Ellen, creo que
hoy solo vamos a tener que ordenar aquella montaña. Si quieres puedes ayudarme
con ella ahora para que esta tarde no tengas que venir a ayudar. -Asentí y ella
se volvió a poner al teléfono.
Eché mi comida a un lado y comencé a
ordenar los libros. Aquella situación me había quitado el apetito.
-Yo también te quiero. -Dijo como
despedida. Tenía una sonrisa deslumbrante. -Sí, nos vemos luego. Adiós... -Y
colgó la llamada. -Eh, ¿no te vas a comer eso? -Me preguntó señalando el plato
de pasta. Todavía quedaba la mitad, pero negué con la cabeza. -¡Ah! ¡Ellen! No
debes tirar la comida...
-Ya, pero...
-No pongas excusas. Si no lo quieres,
me lo puedo comer yo, que tampoco me importa... -Sonreí. Aquellas eran sus
verdaderas intenciones. Me acerqué y le dejé el plato en su mesa.
-Bon
Appétit.
-Eh... ¿molto
grachie? -Respondió con duda.
-Jajajaja…
Esta mujer conoce más nuestro idioma
que todas las personas de aquel instituto juntas. Pero de lenguas extranjeras,
no tiene ni idea.
***
-¡¡Ellen!! -Sarah me esperaba a la
salida del instituto, probablemente emocionada al saber que no volvería al
instituto hasta dentro de dos semanas.
-Hola. -Dije al aproximarme a ella.
-¿Has oído lo de la fiesta? -Me
preguntó nada más comenzar a caminar.
-Sí. Bueno, en realidad lo he leído.
En el cartel del pasillo.
-Ah, claro. Bueno, al caso. Eh...
Tengo que pedirte un favor que tiene que ver con eso... -La miré extrañada. Y
ella cogió aire. -Verás, es una fiesta de máscaras y se me ha ocurrido una cosa
un poco extraña. ¿Conoces a Cameron Parker? -La miré perpleja.
-¿Quién?
-Ah, claro. Qué pregunta. Tu no conoces a nadie. Eh... Es el capitán del club de fútbol. Está siempre con dos chicos que van conmigo al consejo estudiantil. Uno de ellos se llama Aaron Russel y el otro es Benjamin Teller. Son muy populares. Y bastante atractivos. -Yo cada vez ponía una cara más extraña. -¿De verdad no has oído hablar de ninguno de ellos? -Traté de recordar algo, pero nada. Solo una vaga imagen de un par de chicos hablando con Sarah. Me encogí de hombros, a lo que ella suspiró desesperada.
-¿Quién?
-Ah, claro. Qué pregunta. Tu no conoces a nadie. Eh... Es el capitán del club de fútbol. Está siempre con dos chicos que van conmigo al consejo estudiantil. Uno de ellos se llama Aaron Russel y el otro es Benjamin Teller. Son muy populares. Y bastante atractivos. -Yo cada vez ponía una cara más extraña. -¿De verdad no has oído hablar de ninguno de ellos? -Traté de recordar algo, pero nada. Solo una vaga imagen de un par de chicos hablando con Sarah. Me encogí de hombros, a lo que ella suspiró desesperada.
-De
verdad, no sé de quién me hablas. -Confirmé.
-¡Ah! ¡Ya sé! Hoy le han tirado un plato de ensalada encima a Aaron. Quizá te suene de haberlo visto o algo así. -Puse los ojos en blanco. Mierda. ¿Le había tirado mi comida encima a ese tal Aaron Russel? -Se ha corrido el rumor como si fuera pólvora.
-Bueno, bueno, bueno... ¿A dónde quieres llegar?
-¡Ah! ¡Ya sé! Hoy le han tirado un plato de ensalada encima a Aaron. Quizá te suene de haberlo visto o algo así. -Puse los ojos en blanco. Mierda. ¿Le había tirado mi comida encima a ese tal Aaron Russel? -Se ha corrido el rumor como si fuera pólvora.
-Bueno, bueno, bueno... ¿A dónde quieres llegar?
-Eh... Verás... Cameron un chico
con el que... ¿cómo decirlo? -Su cara se volvió un tomate. - Siempre me está
haciendo reír y hablamos a menudo... -Abrí los ojos como platos. Nunca había
visto esa expresión en ella. La miré pícaramente.
-¿Te gusta? -Estaba a punto de
echarme a reír. Sobre todo, por su expresión sonrojada.
-¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Sólo me
interesa un poco y... Agh...
-A ver, ¿qué pasa con ese chico? -Le
pregunté recuperando la compostura.
-Pues que hoy ha surgido el tema de
la fiesta y me ha preguntado si iba a ir con alguien. Sin pensarlo he dicho que
iría contigo. Cuando he dicho tu nombre, ha querido saber quién eras. Como tu
nombre no le sonaba de nada, te he descrito y ahora sabe que tienes el pelo
negro y los ojos verdes. ¡Pero en realidad ni lo pensé! Solo se me escapó.
Entonces me dijo que nos buscaría y se fue. -Ya sabía qué era lo que eso
significaba. Fruncí levemente el entrecejo.
-¿Quieres decir que vaya contigo a la
fiesta?
-Ya sé que no te gustan mucho eso
sitios, pero... ¡Por favor! ¡Sólo hasta que me encuentre y te puedas ir! Yo
sólo... -Miró al suelo, avergonzada. Suspiré.
-Aaah... Si no hay otra opción iré...
-¿¡De verdad!? -Preguntó mirándome
emocionada.
-Sí...
-¡¡¡¡Muchísimas gracias Elleeeeen!!!!
-Exclamó abrazándome. -Además, he oído que habrá una fuente de chocolate y
muchos bombones. Puedes llevarte algo de comida antes de irte, si quieres. -Eso
me abrió el apetito. Pero el dinero solo me daba para una tableta de chocolate.
¿Qué debía hacer? Bueno, creo que podría sobrevivir esa tarde con las galletas
que Alice me había regalado. Pero entonces, ¿qué desayunaría el día siguiente?
Aquella tableta de chocolate me llevaría a la pobreza. Pero estaba tan rico...
Aghhh. ¡Me rindo!
-¿En qué piensas? -Me preguntó Sarah.
Ya estábamos cerca de su casa.
-En que voy a ir a comprar una
tableta de chocolate.
-¡Ellen Foster y el chocolate! ¡Una
historia de un amor no correspondido! -Exclamó entre risas.
-¡Eso no es cierto! Yo sé que el
chocolate me quiere.
-Jajajaja...
Acabábamos de llegar a la entrada de
su casa. Me sonrió.
-¿Tienes pensado qué ponerte para la
fiesta?
-¿Crees que lo primero en lo que he
pensado cuando me has obligado a
ir era en qué ponerme? ¡Por favor! ¿Tan poco me conoces? -Ella se rió.
-Oh, claro. Jajaja…
-Supongo que mi sudadera gris... Y
estos pantalones. -Dije señalando mis vaqueros negros. Ella me miró
horrorizada.
-¿Sabes que todo el mundo va a ir... un
poco… formal? ¿No? -Esta vez, ella y yo cambiamos papeles. Puse una cara de
horror. Y ella se relajó. ¿Iba a tener que llevar vestido...?
-Oh, no, lo siento. Yo no tengo ningún
vestido. -Añadí. No tener vestido podía significar no ir.
-Yo te puedo dejar uno. -Dijo Sarah.
La miré aterrada. Ella cambió su expresión. -Oh, espera un momento. ¿No tenía
tu madre un vestido precioso de color verde? Ese que tenía como un degradado
precioso. Cuando era pequeña se lo vi y me encantó. Estaba deslumbrante.
-La miré, pero creo que mi mirada se ensombreció un poco sin darme cuenta.
-Sarah, no le voy a coger un vestido
a mi madre. -Le dije. Ella cruzó su mirada conmigo. Estaba algo seria, algo extraño.
-Ellen. A ella le habría encantado que
te lo pusieras. Sobre todo, si era para ir a una fiesta de Navidad. A ella le
encantaba la Navidad, ¿recuerdas? -Sin darme cuenta, sonreí.
-Supongo que tienes razón. -Me
correspondió la sonrisa. -Cuando llegue a casa lo buscaré...
-¡¡Perfecto!! -Exclamó recuperando su
humor de siempre. -Entonces, ¿pasado mañana nos vemos aquí? -Me preguntó. Yo
asentí.
-Pero más te vale que sea cierto lo
del chocolate. Y como no me encuentre cómoda, me voy. -Ella sonrió.
-Vale. Pero déjame... ¡por lo menos
hasta las doce! Al estilo de Cenicienta. Así nos vamos juntas. -Añadió riendo.
-Ok. -Respondí.
-Bueno, tengo que irme. Pronto
llegará Alice. Y mi habitación peligra.
-Oh, ¿tienes miedo de que encuentre
tu diario secreto? -Dije sarcásticamente.
-Ah, muy graciosa. -Respondió sacando
la llave. Yo me alejé, en dirección a mi casa.
-Adiós. -Le dije.
-¡¡Aquí!! ¡¡Pasado mañana!! ¿Eh? ¡Que
no se te olvide!
-Ya, ya.
-¡Y trae el vestido!
-Sí.
-¡¡Adiós!! -Me alejé con un gesto de
despedida. De repente, me dio un escalofrío. Mi casa me pillaba de camino a la
tienda del chocolate.... Quizá podía coger algo más de dinero para comprar
también chocolate caliente. Con ese frío, venía bien. Después de todo, ¿a quién
le hace daño gastar un poco más de dinero que el habitual? Tengo... ahorros.
Cada vez que es mi cumpleaños mis abuelos y mi tío me regalan dinero. Y rara vez
gasto dinero en quedadas con Sarah. Solo lo gasto en chocolate. Y no es muy
caro.
Además, la felicidad no se
puede comprar. Pero el chocolate sí. Y es prácticamente lo mismo.
Continuará...

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