miércoles, 14 de agosto de 2019

Sabor a chocolate - Capítulo 1



Capítulo 1 
Ellen Foster

Tenía los ojos abiertos y, con la mirada perdida, observaba el techo desde mi cama, tumbada. Mientras, el despertador sonaba estrepitosamente. Sabía que debía apagarlo, pero estaba tan cómoda que moverme habría sido una tortura... En ese momento recordé la razón de la existencia de ese sonido, lo que me obligó a elevarme y, simultáneamente, a gruñir.
¿Se puede saber por qué nos hacían ir a clase en martes, un día antes de que empezaran las vacaciones de Navidad? ¿No podía ser fiesta y ya? Oh, no, claro que no.
Se supone que la gente en estos momentos debería ser optimista, ¿no? Al estilo de: "¡Hoy es el último día!". Pues no, yo soy la clase de persona que ve el vaso medio vacío. Sobre todo, en estas situaciones.
Me levanté torpemente y me acerqué al armario de madera de caoba y saqué lo primero que vi. Cuando me quise dar cuenta, estaba mirando por la ventana... el cielo estaba totalmente nublado, y la calle, casi desierta. La excepción era por una persona paseando a su perro, una pareja de ancianos y un hombre con una cartera de trabajo. La escena parecía... frágil. Como una copa de cristal, tan antigua y valiosa que sabes que te temblarán las manos en cuanto la toques. Lo que añadía debilidad a esa escena eran los árboles. Las hojas marrones y rasgadas caían de ellos, poco a poco. El invierno lo hacía todo ver más oscuro, pero no de esa forma más feo. Era una sensación nostálgica e inquietante.
Volví a mi mundo. Agarré los pantalones negros, la camiseta gris y la sudadera de color vino y me dirigí al baño. Lo primero que vi al atravesar la puerta fue mi reflejo en el espejo. Mis ojos verdes parecían estar rodeadas por dos manchas características de... los pandas. No debí leer ese libro hasta terminarlo anoche... Podría habérmelo terminado hoy en los intercambios de clase o algo así. Bueno, tampoco es como si importara tanto. Después de todo, la única persona que en todo caso se daría cuenta es Sarah. Me cepillé el pelo y me lo recogí en una coleta. A continuación, me lavé la cara, me puse las gafas y me vestí. Ahora sí que era yo: Ellen Foster. Esa chica que nunca llama la atención y que pasa sus días metida en la biblioteca.
Salí del baño y atravesé el pasillo para llegar a la cocina. Allí encontré una nota pegada a la nevera con un imán. Decía lo siguiente: 
"Ellen, lo siento, pero hoy llegaré tarde a casa... Te dejo dinero para la cena y la comida. Te quiero."
Fruncí el ceño. Cuando mi padre llagaba tarde a casa, lo hacía sin cenar y habiendo comido una simple manzana. Miré el dinero, que estaba sobre la encimera. 20 euros. Si me hacía un bocadillo para comer y luego cocinaba para cenar macarrones no haría falta gastar nada, por lo que lo dejé donde estaba y busqué los ingredientes para hacer mi delicioso almuerzo.
Después me dispuse a preparar mi desayuno. No había chocolate. Por ningún lado... Me preparé una tostada de mantequilla y mermelada y un vaso de leche y me lo tomé a regañadientes. Terminó encantándome. Pero el chocolate seguía siendo mi amor verdadero. A la vuelta tendría que comprar provisiones. Miré de nuevo el dinero de la encimera, pero preferí dejarlo donde estaba y utilizar el mío.
Miré la hora en el reloj de lo alto de la pared: las ocho menos veinte. Si salía en ese momento iría con tiempo para pasar por la casa de Sarah e ir juntas al instituto.
Me levanté de la silla y fui a la entrada, donde agarré las llaves, cogí la mochila y me puse mis botas negras. En cuanto salí, pude apreciar el húmedo ambiente exterior. ¿Quizá hoy llovía? Antes de cerrar la puerta, cogí uno de los dos paraguas. Mi padre no se había llevado uno. Confié en que no se mojara mucho y me dirigí a la casa de Sarah.
Su casa es uno entre un millón de chalets adosados. Una estructura moderna, unas paredes de un color marrón claro y puertas de una madera oscura, al igual que los marcos de las ventanas.
Llamé al timbre y la puerta se abrió.
-¡Hola Ellen! -Me dijo la responsable de la anterior acción: Alice, la hermana pequeña de Sarah. -¿Qué tal estás? ¿Qué tal el instituto? ¡es que Sarah no me cuenta nada!
-Hola Alice. -Le respondí sonriendo, cerrando la puerta. -Todo muy bien. Algo cansada de tener que ir al instituto.
-Pero no queda nada para las vacaciones, ¿no? Tengo unas ganas... ¡Nuestra clase hoy en el colegio va a hacer una fiesta! A mí me ha tocado llevar galletas. - Dijo dirigiéndose a la cocina. -¡Las he hecho yo! Son de mantequilla, pero he preparado una ronda especial para ti, de chocolate. -Continuó mientras me traía una bolsita transparente llena de deliciosas galletas.
-¡Oh! ¡Muchísimas gracias! Yo también he traído una cosa para ti... -Dije apoyando mi mochila en el suelo para rebuscar en ella. Saqué una bolsa con una montaña de caramelos de fresa.
-¡Madre mía! ¿Son de esas bolsas en las que solo te vienen un par de fresa y muchísimos de limón? ¿Pero que están riquísimos?
-Ajá. Los he estado coleccionando para dártelos. Ya sabes que mis preferidos son los de limón...
-¡¡Muchísimas gracias!! - Dijo, haciendo un rápido cambio para coger uno y de esa forma poder tomárselo. - Mmmm... Que rico está...
-¡Anda! Hola, Ellen. -Su madre se encontraba bajo el marco de la puerta de su salón, mirándome con una sonrisa.
-Buenos días, Anna. -Le respondí correspondiéndole la expresión.
-¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tú?
-Genial. -Respondió observando a Alice, que disfrutaba su caramelo. -Alice, luego lávate los dientes, ¿eh? No querrás volver a tener caries.
-¡Vaaale!
-Bueno, voy a terminar de recoger la ropa, que tiene toda la pinta de que va a llover. Nos vemos luego, Ellen.
-Sí. Hasta luego. -Y se volvió a meter en el salón, seguramente para, a continuación, atravesar la enorme puerta de cristal que llevaba a su terraza.
Miré la entrada y observé los cuadros que había sobre las paredes. No tenían puestas fotografías, sino pinturas. Todas de un mismo autor.
-¡Ellen! ¡Hoy has llegado puntual! ¡Qué sorpresa!
-Buenos días, Sarah. Yo también te quiero...
Había aparecido bajando las escaleras. Tenía puestos unos vaqueros azules y una sudadera blanca. Su pelo rubio estaba suelto y rebotaba cada vez que bajaba un escalón. Parecía una nube. Llevaba la mochila, lo que significaba que estaba lista para marchar.
-Bueno, Alice, nos vemos luego, que vamos a llegar tarde. -Le dije a la chica de diez años.
-¡Espera! - Dijo Sarah, que se metió corriendo en la cocina, a la derecha de la entrada. -Que se me olvida la comida.
-¡Agh! ¡Mi bocadillo! -Exclamé. En ese momento debía encontrarse encima de la mesa de la cocina. Incluso estaba envuelto en papel de aluminio. Adiós al jamón que tan bien había puesto sobre el pan...
-¿Se te ha olvidado la comida? ¿Quieres que te preste dinero para la cafetería?
-No, tranquila, tengo dinero... -Adiós al chocolate que quería comprar después de clases... A la vuelta tendría que pasar por casa para coger más dinero. El chocolate es esencial para mantenerse con vida. Por lo menos en mi caso.
-Bueno, ¿nos vamos? -Preguntó Sarah preparada para partir.
-Síp. -Abrí la puerta y salí. -¡Adiós Alice!
-¡Bye bye!
Bajé las pocas escaleras del porche y abrí la puerta que separaba el jardín delantero de la calle.
-¡Ayy! ¡Qué bien que hoy sea el último día de clase! -Sarah es el tipo de persona que ve el vaso medio lleno. Siempre.
-Sí... Pero podría haber sido ayer el último día… Por cierto, ¿qué tal te va como miembro del comité? -Este año Sarah había decidido volverse secretaria del consejo estudiantil. Y, bueno, consiguió que su clase le votara.
-Bien. No se hace nada del otro mundo. Solo estar algo ocupada con mucho papeleo. Y la gente no deja de preguntarte cosas y ofrecerte ideas. ¿Acaso no saben que esas ideas no van a mí, sino al subdirector? Por favor, como si fuera tan sencillo cambiar o añadir algo del instituto.
-Ya veo.
-Bueno, ¿y a ti como ayudante de la biblioteca?
-Es maravilloso. Cuando termino de recoger los libros y hacer lo que tengo que hacer, me puedo poner a leer.
-Me alegro, pero... ¿no necesitáis más ayuda?
-Rebecca dice que le vendría de maravilla la ayuda de alguien más. Después de todo, yo de tarea solo tengo ordenar y vigilar, ya que ella se encarga de lo demás. Ah, y de vez en cuando, cuando nos llegan libros de editoriales, le ponemos los cartelitos.
-Ser la profesora de filosofía a la vez que se encarga de la biblioteca debe ser difícil, ¿no?
-Supongo. A lo mejor el segundo trimestre viene otra persona a ayudar. Pero de momento, nos las apañamos.
-Ah... -Dijo Sarah.
Cuando llegamos a la puerta del instituto, nos despedimos y Sarah se fue rápidamente a su clase. Al parecer, tenía que hablar de no se qué con uno de sus compañeros.
Ese año era nuestro primero de preparatoria y el cuarto desde que a ella y a mí nos tocaba en clases distintas. Es decir, ya sé que era algo difícil que nos tocara en la misma clase teniendo en cuenta que había una entre cinco posibilidades, pero por cuatro años... Se le llama tener mala suerte.
Los estudiantes llegaban poco a poco y yo bajé la vista y avancé por el camino hacia mi clase, tratando de evitar cualquier cruce de miradas y centrando la vista en un gran cartel de colores llamativos al final del pasillo.
Me acerqué poco a poco y pude ver que algunas personas también se habían acercado para poder leer su contenido. De cerca pude ver lo que ponía, con una letra algo femenina, y rodeado de colores y corazones de papel. El contenido no me sorprendió en lo absoluto.
"¡Fiesta de Navidad en la casa de Amber Owens! Se celebrará a partir de las 7:30, en la Calle Picasso, número 7. ¡Todo el mundo puede ir! Eso sí: ¡lleva máscara!"
Por mí, esta chica podía hacer fiestas para todos siempre que ella quisiera, porque siempre habrá alguien que se negaría a ir. Ese tipo de lugares es solo para que la gente popular presuma, con su aspecto o sus logros, y que la gente poco popular pueda sentirse importante.
Menuda chorrada.
Además, el día de Navidad es muy importante seguir mi tradición de leer libros de Charles Dickens* mientras tomo chocolate caliente y me mantengo (huyendo del frío) en casa. Con una manta.
Esos siempre habían sido mis planes. Bueno, también se suponía que lo serían para ese año.
Se suponía.

Continuará...


¡Bienvenido a mi primera novela! ¿Cliché? ¡Probablemente! Pero, ¿quién no necesita algo cliché de vez en cuando?

*Charles Dickens fue un escritor inglés que tenía, entre un montón de historias interesantes, una recopilación de cuentos llamada "Cuentos de Navidad". Otras obras suyas son "Oliver Twist" y "David Copperfield"

Si lo conoces, me haces feliz. Si no lo conoces, definitivamente te lo recomiendo.





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