Capítulo 4
Un paraguas
Ellen Foster:
Hay muchas personas en el mundo que
cuando algo se sale de su control, deciden echarle la culpa a algo como, por
ejemplo, la suerte. Y, realmente, yo soy ese tipo de persona. Después de todo,
la mala suerte me acompaña a menudo y no puedo evitar pensar en su existencia
constantemente.
Es decir, he llevado el paraguas
conmigo TODO el día. Y ahora va, y el cielo decide ponerse a llover cuando no
lo tengo. ¡Si hasta ya se veían los rayos del sol a través de las nubes!
Ah... Bueno, resulta que era una de
aquellas lluvias otoñales (o más bien invernales) que solo existen para dejarte
helado cuando menos lo necesitas.
Entré en casa para coger dinero para
ir a comprar chocolate. Se me olvidó el paraguas. Y cuando llevaba la mitad del
camino, se puso a llover. Tuve que correr a la tienda, lo que no evito que llegara
completamente calada.
La tienda se trataba de la planta
baja de unos edificios. Las paredes exteriores eran marrones y un toldo te
permitía refugiarte de la lluvia y admirar por el escaparate el interior de la
tienda. Al lado de la puerta, un pequeño cartel se alzaba indicando el nombre
„La casa del chocolate".
En cuanto vi a través del cristal, ya
se me hizo la boca agua. La tienda estaba bien iluminada y el chocolate se veía
por todos lados. Había de todo: casitas de jengibre, flores hechas de
chocolate, bombones de todo tipo y, por supuesto, millones de tabletas.
La habían abierto hacía poco, pero ya
había ido muchas veces. Aunque no conocía a la dueña de nombre, sentía que me
reconocía. Además, era agradable que siempre recibiera a la gente con una
sonrisa amable, tan dulce como el chocolate que vendía.
En cuanto entré, el ambiente inundó
todos mis sentidos. El sonido de una campanita indicó mi llegada y, por lo
tanto, el seguido saludo de la dueña.
-Buenas tardes. –Dijo. Su pelo
castaño le llegaba por los hombros y era ondulado. Sus ojos eran brillantes, lo
que la hacía resaltar desde lejos. Aunque el color de sus iris fuera el más
común, sabías que podrías diferenciar sus ojos en seguida. A pesar de que la
edad ya estaba comenzando a marcar su rostro, por sus gestos y su forma de
moverse, se veía más joven. Tenía una belleza singular. Estaba ordenando el
contenido de una estantería. Supongo que lo estaba llenando de nuevos
contenidos.
-Hola. –Dije.
-Qué raro que vengas por aquí. En
cuanto se puso a llover no pensé que vendría nadie. –Respondió sonriendo.
-Eh... Bueno... digamos que, aunque
llueva, yo sigo pensando en chocolate.
-Jajaja. –Respondió mientras se
levantaba y me miraba. Su expresión cambió de un momento a otro. –Oh... Supongo
que ha empezado a llover cuando estabas de camino. Ay, madre mía... Espera un
momento... –Murmuró mientras se dirigía al interior de la tienda, donde supuse
que estaría su casa. Adoraba ese tipo de tiendas. Me parecía muy práctico vivir
al lado de tu lugar de trabajo. Repentinamente, me dio un escalofrío y comencé
a temblar. Lo malo de aquel lugar era que no había calefacción. A pesar de que
se estaba mucho mejor que en el exterior. Tenía la sudadera empapada y en vez
de ser gris, parecía negra por culpa del agua.
-Ay, Dios mío. –Dijo la mujer
mientras salía. –Estás helada. –Me acercó una toalla.
-Oh, no, por favor. –Negué con la
cabeza. –Vivo muy cerca. Compraré lo que necesito y me iré a casa. –Ella se vio
desconcertada. Supongo que no le había sentado bien que rechazara su oferta.
–Pero muchísimas gracias por... ¡Achís! Eh... Su hospitalidad.
-Bueno, no puedo dejar que mi mejor
cliente se resfríe. –Dijo insistiendo. Yo seguí negándome.
-De verdad, no es necesario. -Sonreí
por sus palabras.
-Bueno, por lo menos llévate un
paraguas. Hoy mi hijo se ha olvidado de coger el suyo. Puedes devolvérnoslo la
próxima vez que vengas. –Añadió sonriendo.
-Eh... –Ella se acercó a un paragüero
que había junto a la entrada y sacó uno de color rojo. Me lo ofreció y solo
pude rendirme. La verdad es que no me vendría nada bien estar resfriada en
Navidad. –Muchas gracias...
-Bueno. –Añadió satisfecha al saber
que había vencido. -¿Qué venías a comprar?
-Pues... un par de tabletas de
chocolate con leche. Una de chocolate con sal. Y… Bueno, es inevitable no
comprar chocolate caliente.
-Jajaja… Tienes razón. Con este frío,
la tentación de tomar chocolate caliente es horrible. -Yo asentí y seguí sus pasos
hasta la estantería de las tabletas. Cuando agarró la de chocolate con sal, me
miró.
-Hoy
nos han llegado unos bombones de este tipo de chocolate. ¿Te gustaría probar
uno?
-Eh... No hace falta... -Ella sacó
una caja y yo pude admirar el envoltorio redondo y de color lavanda de cada uno
de ellos. -Pero si insistes...
-Aquí
tienes. –Dijo sonriendo. En cuanto lo recibí, me lo comí.
-Son los mejores bombones que he
probado nunca... –Respondí disfrutando el contenido. Seguí a la mujer hasta el
mostrador. –Uh... creo que me llevaré una caja... –Dije tras ver el precio.
-Genial. –Comentó mientras metía mi
compra en una bolsa de tela.
-¿Cuánto es? –Pregunté sacando mi
monedero.
-Cinco con ochenta. -Saqué el dinero,
lo dejé en su mano y agarré la bolsa por las asas.
-¿Te gustaría tener el ticket?
-No hace falta, gracias.
-Vale... Bueno, disfruta tu
chocolate. ¡Y de las vacaciones!
-Sí. Muchas gracias por el paraguas.
Lo devolveré pronto.
-Tranquila. –Respondió la mujer
sonriendo.
-¡Adiós!
Y salí de la tienda, con una sonrisa
en mi cara y miles de pensamientos en la cabeza.
Aaron Russel:
¿Para qué tener enemigos si existen
los amigos como Cameron? ¡No le apetecía dejarme en paz, ¿o qué?! ¡Ben se
había ido hacía media hora!
Flashback:
Ben acababa de salir por la
puerta. Yo, en cambio, me había quedado un poco más en la casa de Cameron por
una sencilla razón me tenía que devolver unos… ¿siete CDs? La verdad es que he
perdido la cuenta de los que había almacenado. Cuando los hube metido todos en
mi mochila, Cameron prácticamente me echó de su casa.
-¡Nos vemos mañana! - Exclamó antes
de cerrar la puerta delante de mis narices.
Bajé las escaleras ante la ausencia
de un ascensor. ¿A quién se le ocurrió hacer un edificio de seis plantas sin
ascensor? Suspiré y en unos segundos llegué a la planta baja. Al menos vivía
tan solo en el tercer piso. Pero en cuanto observé el exterior a través del
cristal de la recepción, me encontré con algo desagradable. Estaba lloviendo a
cántaros. Subí de nuevo los tres pisos y llamé a la puerta de la casa de
Cameron.
-¿Qué pasa? ¿Me echabas de menos?
-¿Me dejas un paraguas? Está
lloviendo a cántaros.
-Deja que me lo piense... Mmmm...
Aquí tienes~. - Dijo ofreciéndome un paraguas azul y, por lo que parecía,
bastante viejo.
-Hasta mañana. –Me volví hacia la
puerta de las escaleras.
-Volverás más pronto de lo que
parece. –Añadió con una sonrisa siniestra. Me giré hacia él.
-Das miedo.
-Lo sé. –Respondió volviendo a cerrar
la puerta.
Suspiré y salí del edificio. Abrí el
paraguas y me mojé nada más dar un paso. Miré hacia arriba y me encontré con
una tela con más agujeros que un... queso. Mis instintos asesinos tenían sed de
sangre, pero mi moralidad me obligaba a no matar a nadie.
Volví a subir las escaleras. Y acto
seguido de llamar al timbre, Cameron abrió la puerta con una de sus estúpidas
sonrisas.
-Sabía que vendrías. Si es que no
puedes vivir sin mí...
Esa vez sacó uno verde que, a primera
vista, parecía estar en buenas condiciones. Intercambiamos los dos paraguas y
lo observé.
-Será mejor que lo tires a la basura.
Ahora. –Dije.
-Nah, es interesante... - Respondió
con una mirada divertida. Y si ponía esa clase de expresión era por planes
maliciosos. Siento compasión por su pobre hermana pequeña...
Sin que diera tiempo ni a decir un
"adiós", cerró la puerta. Miré el paraguas verde.
-Ah... –Bajé de nuevo las escaleras.
Mis pies me estaban comenzando a doler después de tanto subir y bajar. No es
bueno tener entrenamiento y después hacer tanto zigzag vertical. Rezaba por
que aquella vez fuera la definitiva. Pero, evidentemente, Cameron no se
conforma con meterse con alguien una sola vez. Ni dos. Ni tres.
Terminé
subiendo las escaleras tres veces más.
-¿Pero tú que tienes ahí? ¿Una fábrica
de paraguas que no valen para nada? ¿Quieres darme ya un buen paraguas? –Se
comenzó a reír de mi apariencia: estaba empapado y despeinado. -Venga, aquí
tienes. -Dijo dándome uno gris.
Decidí no caer más en aquella
bromita. Lo abrí en el interior del edificio.
-¡Ahhh!, ¡abrir paraguas dentro de
edificios da mala suerte! -Gritó Cameron.
Pero ya era tarde. El contenido de
aquel paraguas sí me enfadó. Un montón de polvo se me había pegado al cuerpo
por estar totalmente empapado. Comencé a toser.
-Bueno, supongo que esa es tu mala
suerte. –Dijo tratando de no reírse.
-Cameron. –Dije tras mi ataque de
tos. –Como no me des un buen paraguas ahora mismo, alguien va a acabar muy mal
antes de Navidad. Y no quieres eso, ¿no? –Él me miró aterrado. Sacó un paraguas
de color amarillo.
-Eh... Por favor, quiero llegar a Año
Nuevo.
-Bien, buen chico. –Respondí
satisfecho.
Volví a bajar las escaleras. Aunque
esa vez iba soltando polvo al caminar.
Por fin, salí tranquilamente del
edificio. Pero encontré que las varillas del paraguas estaban rotas. El
paraguas se cerró por la fuerza del agua y volví a quedar empapado. El polvo se
restregó por mi frente y mi pelo y terminó llegando a mis ojos. ¡Maldito
Cameron!
Fin del
flashback
Me
las apañé (incómodamente) agarrando el paraguas por la parte rota. Lo malo es
que estaba lleno de polvo mojado o, dicho de otro modo, barro. Además, debía
tener los ojos rojos por la irritación.
Volví a casa. No había nadie por las
calles. Sólo se escucha a la lluvia chocando con la acera. Al llegar a la calle
en la que se encontraba mi casa, la lluvia no había parado ni un poco. Me fijé
en la persona que acaba de salir de la tienda.
Observaba la calle con una sonrisa.
Un paraguas la impedía quedar más empapada de lo que ya estaba. La verdad es
que me resultaba familiar. De todas formas, aquella era una persona extraña.
¿Quién
va sonriendo de ese modo por la calle, teniendo en cuenta que ella estaba
empapada y que estaba lloviendo a cántaros?
Que
sí, que sí. Que la lluvia es genial si estás leyendo en tu casita calentito.
Pero a muy poca gente le gusta la lluvia cuando está fuera de casa, en la calle…
¡A mí siempre me gusta! ¡Me parece preciosa y me da una sensación de
tranquilidad maravillosa!
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