jueves, 15 de agosto de 2019

Sabor a chocolate - Capítulo 4



Capítulo 4
Un paraguas

Ellen Foster:
Hay muchas personas en el mundo que cuando algo se sale de su control, deciden echarle la culpa a algo como, por ejemplo, la suerte. Y, realmente, yo soy ese tipo de persona. Después de todo, la mala suerte me acompaña a menudo y no puedo evitar pensar en su existencia constantemente.
Es decir, he llevado el paraguas conmigo TODO el día. Y ahora va, y el cielo decide ponerse a llover cuando no lo tengo. ¡Si hasta ya se veían los rayos del sol a través de las nubes!
Ah... Bueno, resulta que era una de aquellas lluvias otoñales (o más bien invernales) que solo existen para dejarte helado cuando menos lo necesitas.
Entré en casa para coger dinero para ir a comprar chocolate. Se me olvidó el paraguas. Y cuando llevaba la mitad del camino, se puso a llover. Tuve que correr a la tienda, lo que no evito que llegara completamente calada.
La tienda se trataba de la planta baja de unos edificios. Las paredes exteriores eran marrones y un toldo te permitía refugiarte de la lluvia y admirar por el escaparate el interior de la tienda. Al lado de la puerta, un pequeño cartel se alzaba indicando el nombre „La casa del chocolate".
En cuanto vi a través del cristal, ya se me hizo la boca agua. La tienda estaba bien iluminada y el chocolate se veía por todos lados. Había de todo: casitas de jengibre, flores hechas de chocolate, bombones de todo tipo y, por supuesto, millones de tabletas.
La habían abierto hacía poco, pero ya había ido muchas veces. Aunque no conocía a la dueña de nombre, sentía que me reconocía. Además, era agradable que siempre recibiera a la gente con una sonrisa amable, tan dulce como el chocolate que vendía.
En cuanto entré, el ambiente inundó todos mis sentidos. El sonido de una campanita indicó mi llegada y, por lo tanto, el seguido saludo de la dueña.
-Buenas tardes. –Dijo. Su pelo castaño le llegaba por los hombros y era ondulado. Sus ojos eran brillantes, lo que la hacía resaltar desde lejos. Aunque el color de sus iris fuera el más común, sabías que podrías diferenciar sus ojos en seguida. A pesar de que la edad ya estaba comenzando a marcar su rostro, por sus gestos y su forma de moverse, se veía más joven. Tenía una belleza singular. Estaba ordenando el contenido de una estantería. Supongo que lo estaba llenando de nuevos contenidos.
-Hola. –Dije.
-Qué raro que vengas por aquí. En cuanto se puso a llover no pensé que vendría nadie. –Respondió sonriendo.
-Eh... Bueno... digamos que, aunque llueva, yo sigo pensando en chocolate.
-Jajaja. –Respondió mientras se levantaba y me miraba. Su expresión cambió de un momento a otro. –Oh... Supongo que ha empezado a llover cuando estabas de camino. Ay, madre mía... Espera un momento... –Murmuró mientras se dirigía al interior de la tienda, donde supuse que estaría su casa. Adoraba ese tipo de tiendas. Me parecía muy práctico vivir al lado de tu lugar de trabajo. Repentinamente, me dio un escalofrío y comencé a temblar. Lo malo de aquel lugar era que no había calefacción. A pesar de que se estaba mucho mejor que en el exterior. Tenía la sudadera empapada y en vez de ser gris, parecía negra por culpa del agua.
-Ay, Dios mío. –Dijo la mujer mientras salía. –Estás helada. –Me acercó una toalla.
-Oh, no, por favor. –Negué con la cabeza. –Vivo muy cerca. Compraré lo que necesito y me iré a casa. –Ella se vio desconcertada. Supongo que no le había sentado bien que rechazara su oferta. –Pero muchísimas gracias por... ¡Achís! Eh... Su hospitalidad.
-Bueno, no puedo dejar que mi mejor cliente se resfríe. –Dijo insistiendo. Yo seguí negándome.
-De verdad, no es necesario. -Sonreí por sus palabras.
-Bueno, por lo menos llévate un paraguas. Hoy mi hijo se ha olvidado de coger el suyo. Puedes devolvérnoslo la próxima vez que vengas. –Añadió sonriendo.
-Eh... –Ella se acercó a un paragüero que había junto a la entrada y sacó uno de color rojo. Me lo ofreció y solo pude rendirme. La verdad es que no me vendría nada bien estar resfriada en Navidad. –Muchas gracias...
-Bueno. –Añadió satisfecha al saber que había vencido. -¿Qué venías a comprar?
-Pues... un par de tabletas de chocolate con leche. Una de chocolate con sal. Y… Bueno, es inevitable no comprar chocolate caliente.
-Jajaja… Tienes razón. Con este frío, la tentación de tomar chocolate caliente es horrible. -Yo asentí y seguí sus pasos hasta la estantería de las tabletas. Cuando agarró la de chocolate con sal, me miró.
-Hoy nos han llegado unos bombones de este tipo de chocolate. ¿Te gustaría probar uno?
-Eh... No hace falta... -Ella sacó una caja y yo pude admirar el envoltorio redondo y de color lavanda de cada uno de ellos. -Pero si insistes...
-Aquí tienes. –Dijo sonriendo. En cuanto lo recibí, me lo comí.
-Son los mejores bombones que he probado nunca... –Respondí disfrutando el contenido. Seguí a la mujer hasta el mostrador. –Uh... creo que me llevaré una caja... –Dije tras ver el precio.
-Genial. –Comentó mientras metía mi compra en una bolsa de tela.
-¿Cuánto es? –Pregunté sacando mi monedero.
-Cinco con ochenta. -Saqué el dinero, lo dejé en su mano y agarré la bolsa por las asas.
-¿Te gustaría tener el ticket?
-No hace falta, gracias.
-Vale... Bueno, disfruta tu chocolate. ¡Y de las vacaciones!
-Sí. Muchas gracias por el paraguas. Lo devolveré pronto.
-Tranquila. –Respondió la mujer sonriendo.
-¡Adiós!
Y salí de la tienda, con una sonrisa en mi cara y miles de pensamientos en la cabeza.

Aaron Russel:
¿Para qué tener enemigos si existen los amigos como Cameron? ¡No le apetecía dejarme en paz, ¿o qué?! ¡Ben se había ido hacía media hora!
Flashback:
Ben acababa de salir por la puerta. Yo, en cambio, me había quedado un poco más en la casa de Cameron por una sencilla razón me tenía que devolver unos… ¿siete CDs? La verdad es que he perdido la cuenta de los que había almacenado. Cuando los hube metido todos en mi mochila, Cameron prácticamente me echó de su casa.
-¡Nos vemos mañana! - Exclamó antes de cerrar la puerta delante de mis narices.
Bajé las escaleras ante la ausencia de un ascensor. ¿A quién se le ocurrió hacer un edificio de seis plantas sin ascensor? Suspiré y en unos segundos llegué a la planta baja. Al menos vivía tan solo en el tercer piso. Pero en cuanto observé el exterior a través del cristal de la recepción, me encontré con algo desagradable. Estaba lloviendo a cántaros. Subí de nuevo los tres pisos y llamé a la puerta de la casa de Cameron.
-¿Qué pasa? ¿Me echabas de menos?
-¿Me dejas un paraguas? Está lloviendo a cántaros.
-Deja que me lo piense... Mmmm... Aquí tienes~. - Dijo ofreciéndome un paraguas azul y, por lo que parecía, bastante viejo.
-Hasta mañana. –Me volví hacia la puerta de las escaleras.
-Volverás más pronto de lo que parece. –Añadió con una sonrisa siniestra. Me giré hacia él.
-Das miedo.
-Lo sé. –Respondió volviendo a cerrar la puerta.
Suspiré y salí del edificio. Abrí el paraguas y me mojé nada más dar un paso. Miré hacia arriba y me encontré con una tela con más agujeros que un... queso. Mis instintos asesinos tenían sed de sangre, pero mi moralidad me obligaba a no matar a nadie.
Volví a subir las escaleras. Y acto seguido de llamar al timbre, Cameron abrió la puerta con una de sus estúpidas sonrisas.
-Sabía que vendrías. Si es que no puedes vivir sin mí...
Esa vez sacó uno verde que, a primera vista, parecía estar en buenas condiciones. Intercambiamos los dos paraguas y lo observé.
-Será mejor que lo tires a la basura. Ahora. –Dije.
-Nah, es interesante... - Respondió con una mirada divertida. Y si ponía esa clase de expresión era por planes maliciosos. Siento compasión por su pobre hermana pequeña...
Sin que diera tiempo ni a decir un "adiós", cerró la puerta. Miré el paraguas verde.
-Ah... –Bajé de nuevo las escaleras. Mis pies me estaban comenzando a doler después de tanto subir y bajar. No es bueno tener entrenamiento y después hacer tanto zigzag vertical. Rezaba por que aquella vez fuera la definitiva. Pero, evidentemente, Cameron no se conforma con meterse con alguien una sola vez. Ni dos. Ni tres.
Terminé subiendo las escaleras tres veces más.
-¿Pero tú que tienes ahí? ¿Una fábrica de paraguas que no valen para nada? ¿Quieres darme ya un buen paraguas? –Se comenzó a reír de mi apariencia: estaba empapado y despeinado. -Venga, aquí tienes. -Dijo dándome uno gris.
Decidí no caer más en aquella bromita. Lo abrí en el interior del edificio.
-¡Ahhh!, ¡abrir paraguas dentro de edificios da mala suerte! -Gritó Cameron.
Pero ya era tarde. El contenido de aquel paraguas sí me enfadó. Un montón de polvo se me había pegado al cuerpo por estar totalmente empapado. Comencé a toser.
-Bueno, supongo que esa es tu mala suerte. –Dijo tratando de no reírse.
-Cameron. –Dije tras mi ataque de tos. –Como no me des un buen paraguas ahora mismo, alguien va a acabar muy mal antes de Navidad. Y no quieres eso, ¿no? –Él me miró aterrado. Sacó un paraguas de color amarillo.
-Eh... Por favor, quiero llegar a Año Nuevo.
-Bien, buen chico. –Respondí satisfecho.
Volví a bajar las escaleras. Aunque esa vez iba soltando polvo al caminar.
Por fin, salí tranquilamente del edificio. Pero encontré que las varillas del paraguas estaban rotas. El paraguas se cerró por la fuerza del agua y volví a quedar empapado. El polvo se restregó por mi frente y mi pelo y terminó llegando a mis ojos. ¡Maldito Cameron!
Fin del flashback
Me las apañé (incómodamente) agarrando el paraguas por la parte rota. Lo malo es que estaba lleno de polvo mojado o, dicho de otro modo, barro. Además, debía tener los ojos rojos por la irritación.
Volví a casa. No había nadie por las calles. Sólo se escucha a la lluvia chocando con la acera. Al llegar a la calle en la que se encontraba mi casa, la lluvia no había parado ni un poco. Me fijé en la persona que acaba de salir de la tienda.
Observaba la calle con una sonrisa. Un paraguas la impedía quedar más empapada de lo que ya estaba. La verdad es que me resultaba familiar. De todas formas, aquella era una persona extraña.

¿Quién va sonriendo de ese modo por la calle, teniendo en cuenta que ella estaba empapada y que estaba lloviendo a cántaros?
   Continuará...

   Que sí, que sí. Que la lluvia es genial si estás leyendo en tu casita calentito. Pero a muy poca gente le gusta la lluvia cuando está fuera de casa, en la calle… ¡A mí siempre me gusta! ¡Me parece preciosa y me da una sensación de tranquilidad maravillosa!
¿Qué hay de vosotros? ¡Gracias por leer!




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