sábado, 24 de agosto de 2019

Sabor a chocolate - Capítulo 14



Capítulo 14
Cuatro tazas de chocolate

Ellen Foster:
¿Puede alguien decirme qué hago metida en una cafetería mientras Sarah le cuenta a Charly mi vida?
Es decir, se supone que íbamos a tomar un chocolate caliente. Pensé que nos pondríamos al día de cosas más normales. Como, por ejemplo, qué tal está su abuela, que hace tiempo que no la veo...
Vale, hablar de la abuela de tus amigas tampoco creo que sea un tema muy interesante que se diga. Por lo menos para ellas. Pero, de todas formas, ¿por qué tenían que hablar del día de la fiesta en concreto?
Desde que comenzaron a hablar, sabía a dónde querían llegar con esa conversación... Esperaba el momento con ganas de salir por la puerta y largarme, pero la lluvia del exterior y el chocolate caliente que tenía delante de mis narices me lo impedían.
Le di un sorbo a esa delicia de los dioses y atendí de nuevo lo que Sarah estaba narrando animadamente.
-Entonces, me percaté de que el chocolate estaba en peligro. ¿Te lo puedes creer? Ella estaba ahí, tan guapa, ¡sólo para comer chocolate!
-Jajajaj, no esperaba otra cosa de Ellen.

Sarah Driver:
Charly me atendía con atención; de vez en cuando soltaba comentarios y era típico de ella sacarnos una sonrisa cada vez que abría la boca. Ellen, en cambio, parecía estar hartándose de nosotras. Tenía la misma cara que un niño pequeño cuando se aburre y quiere volver a su casa. ¡Era para partirse!
-Fue en ese instante -continué -cuando cruzó una mirada con un chico con el pelo castaño.
-No, no, no. -Me detuvo inesperadamente la protagonista de mi relato.
-¿"No" a qué? -Preguntó Charly ante su silencio.
-¡Pues que no fue así! -Exclamó. Después de beber un poco de su tercera taza de chocolate, se dispuso a hablar. -Ejem. ¿Qué os parece si cambiamos de tema? ¿Qué tal está vuestra abuela...?
Las dos la miramos con cara de póker, a lo que ella suspiró, volteó los ojos y comenzó.
-Estaba leyendo mi maravilloso libro de bolsillo cuando Amber Owens, la persona más irritante y falsa de nuestro instituto (que era además la anfitriona de la fiesta), me interrumpió. Me preguntó por un tal Aaron Russel. Ese chico se encontraba en ese preciso momento detrás de la fuente de chocolate, a tres sillas de mí. Lo reconocí porque el último día de instituto le tiré un plato de ensalada encima.
-¡Madre mía, Ellen! ¡Tú eres la chica de la ensalada, entonces! -Exclamé tras haber escuchado su declaración, abriendo los ojos como platos. ¡Eso sí que no me lo esperaba!
-¡No estaba aliñada! -Trató de excusarse. Yo me reí. Menudo primer encuentro tuvieron esos dos... -Primera vez que voy a la cafetería en todo el curso... Y mira que acabó mal la experiencia... No pienso volver a ese lugar... -Murmuró. Charly nos miraba expectantes, con ganas de que siguiéramos contando la historia. Y así lo hizo mi compañera.
-El caso es que le dije a Amber que no lo había visto y se fue. Al no agradecerme la respuesta, hice un comentario y Aaron me contestó. Comenzamos a hablar y me pareció una persona interesante. ¿Sabéis la cantidad de prejuicios que tengo de la gente de ese tipo? Ese chico me demostró que estaba equivoca. ¡Nunca hay que juzgar un libro por su portada! -Dijo mientras señalaba la portada del libro que se estaba leyendo: viejo, desgastado (parecía haber sido leído mil veces); no tenía ni una imagen. Era simplemente una portada lisa, que en su momento fue de un vivo azul pero que había perdido el color con los años. Con letras plateadas, ponía "Moby Dick" (en grande) y, debajo (un poco más pequeño), el nombre de Herman Melville.
-Atenta eh, -le dije a mi prima – que incluso dejó de leer por él.
-Si eso no es amor, dime qué es. -Tras soltar eso por la boca, sentí que Ellen la lanzaba cuchillos con la mirada a Charly.
-¡¡No es amor!! ¡¡Charly, no seas tonta!! -Exclamó en respuesta.
-Bueno, bueno... -Contestó ella mientras cogía su taza de café. -¿Y qué pasó después?
-Él invitó a la chica que nunca había visto por los pasillos del instituto a dar un paseo por la enorme mansión y se perdieron entre las paredes de aquella casa. -Dije yo, ayudando a Ellen a dejar de contar la historia. Venga, vale, lo dije porque me emocioné.
-Uuuuuh... ¿Y dieron el paseo?
-Mmmm... Creo que yo ya me voy a ir -Anunció Ellen. -Acabo de recordar que tengo que hacer unos recados...
-Comprar chocolate no es un recado. -Dijo Charly como si todos esos años que no se habían visto no existieran y fuera evidente lo que su amiga iba a hacer. -Eso lo puedes hacer otro día, ahora quédate aquí sentada. -Añadió señalando el asiento del que se acababa de levantar.
-¿Y qué queréis que haga? Estáis aquí sentadas hablando de la vida de otra persona, ¡cuando esta persona está presente!
-Sí bueno, pero parece ser que esta mañana te has olvidado de contarme una parte muy importante, porque hoy has hablado con Aaron normalmente sin tratar de salir corriendo.
-Bueno... Ejemm... Quizás se me ha olvidado contarte una pequeña parte (casi sin importancia...).
-Eso significa que no te puedes mover de aquí. -Comentó Charly. - Luego nos lo vas a tener que contar.
Ellen no hizo ningún comentario. Removió la cuchara de su taza, ya terminada, y le pidió otro chocolate caliente a una camarera cercana. Hacía bien. Eso iba para largo.

Ellen Foster:
Aparté un poco la cuarta taza vacía y observé por la ventana. El exterior se encontraba bañado en lluvia. La gente caminaba deprisa: paraguas, abrigos, chubasqueros y botas de agua formaban el paisaje.
Me habría gustado en ese momento estar fuera de aquella cafetería, escuchando las gotas chocar con el suelo, formando esa música que tanto le gustaba a la mayor parte del mundo. Era curioso en realidad: una orquesta formada por un único instrumento podía producir sonidos tan distintos...
-¿No se está haciendo tarde? Deberíamos irnos antes de que empiece a llover más... -Intenté decir como excusa.
-No, mejor si esperamos a que pare de llover. ¿Ves allí a lo lejos...? -Me dijo Sarah señalando una parte lejana del cielo. -Se está aclarando. Bueno, ¿por dónde íbamos? -Continuó, volviendo al antiguo tema de conversación: MI VIDA.
-Ahhg... -Gruñí antes de rebuscar el marcapáginas entre las hojas de "Moby Dick". El libro que antes era más interesante que una clase de física y química, ahora lo era también de aquella conversación entre amigas.
Al cabo de un rato, la pantalla del móvil de Sarah se iluminó. Charly y yo la miramos con interés mientras cogía la llamada.
-¿Sí? ¿Qué pasa, mamá? ... Lo sé. Estoy con ella ahora mismo. ... Ya, a mí también me ha pillado por sorpresa, no te enrolles. ... ¿Qué os vais todos? ... Pero yo todavía estoy aquí, ¿por qué tengo que cuidar de Alice? ¿No es lo suficientemente mayor como para cuidar de sí misma? ... ¿Will y Charly también se van a quedar con nosotras? ¡Mamá! ¡Que Will tiene solo un año menos que nosotras, no va a pasar nada! ... ¡Además, está lloviendo mucho! ... ¡¿Cómo que eso no tiene nada que ver?! ... -Tras unos segundos, nos miró, apartándose el móvil de la oreja. -Me ha colgado. Ha dicho que tenemos que ir a cuidar de Alice a mi casa, porque nuestros padres se van a ir a cenar al centro de la ciudad. Al parecer, ninguno de ellos se fía de Will. Pero hay pizza en el congelador...
Observé a las dos, que se habían quedado sin ningún tipo de expresión. Sus ánimos habían caído en picado, como una barca en las cataratas del Niágara. Me temí lo peor: no quería verme involucrada en el usual plan maléfico de Sarah de dejarme cuidando a su hermana mientras ella se iba a dormir. Si Sarah lo había hecho alguna vez, veía a Charly capaz: esas dos primas piensan igual.
-Emm... Pues yo tenía que ir a comprar chocolate... Así que creo que voy a irme ya... -Dije mientras recogía mis cosas. Ellas seguían teniendo la mirada perdida. Me despedí (dejando el dinero de los chocolates calientes sobre la mesa) y salí por la puerta de la cafetería.
Me fijé en la hora: las siete y cuarto. Sonreí al saber que "La casa del Chocolate" aún no había cerrado. Y, mira por donde, ese día sí llevaba mi paraguas de color negro. Bueno, era el paraguas de mi padre. Lo había cogido porque era mucho más grande que el mío: perfecto para dos personas o para alguien que se niega a mojarse.
-I'm singing in the rain... -Canturreaba mientras caminaba hacia la tienda. Pronto, me encontré frente al escaparate que, sin poder evitarlo, hacía que me gruñeran las tripas. Cerré el paraguas y entré en la tienda, provocando el típico sonido de una campanita.
-Buenas tardes. -Dije con una sonrisa al ver los ojos de la mujer de siempre.
-¡Hola! -Me respondió antes de que me perdiera entre las estanterías de aquella tienda. -¿Ya se te han acabado las reservas del chocolate?
-Casi casi... Es mejor evitar que llegue el final... ¡Para eso estoy aquí! Dios mío, gracias por montar esta tienda. No sé qué sería de mí con la poca variedad de un supermercado... -Comenté mientras llenaba mis brazos de tabletas de chocolate de toda clase: blanco, con leche, negro, con sal, fresa, naranja, menta, caramelo, almendras... ¡Cómo podían existir tantos tipos y estar todos tan ricos!
Con la tarde que había pasado, aquello me animaba lo suficiente como para darme fuerzas a gastar lo que me diera la gana: un día era un día, ¿por qué no tirar la casa por la ventana? Con los brazos llenos, me acerqué al mostrador.
-Oh, vaya, ¿no vas a comprar ninguna tableta más? -Preguntó la mujer, a punto de echarse a reír. Supongo que era uno de sus pocos clientes que llegaba a la tienda para acabar con todo su inventario.
-Creo que hoy voy a necesitar una bolsa... -Indiqué mientras dejaba mi compra sobre la mesa.
-Me lo esperaba... -Respondió mientras sacaba una y me ayudaba a meter las cosas. -El total es de... -Saqué mi monedero y de este salió el único billete que había traído. Recibí las vueltas y cogí la bolsa, ahora llena.
-Gracias... Esto... ¿Cómo te llamas? -Le consulté con algo de timidez. Era extraño ver a alguien tan a menudo y no saber su nombre. Bueno, y lo que nos quedaba por vernos... Pensaba hacerme de esa tienda un cliente habitual, si es que no lo era ya.
-Marlyn, ¿y tú?
-Ellen.
-Pues encantada, Ellen. -Dijo mientras sonreía.
-Lo mismo digo, Marlyn. -Contesté con la misma expresión.
   Continuará...

Por muy extraño que suene, mi favorito es el chocolate con sal. ¡Está delicioso! 

En una ocasión que estaba con mis amigos, me compré una tableta y todos me miraron extraño al ver que era con sal. ¿A que no sabéis quién decidió compartir un poco? Les gustó bastante...

Yo, desde luego, no debí compartirlo. ¡Alguien que comparta su chocolate está demente! A pesar de que considero esa palabra como un adjetivo que me define, ¡he ganado algo con todo esto! ¡Compartirlo ha hecho que no me miren raro cuando compro chocolate con sal o incluso he conseguido que me regalen tabletas enteras!

Eso sí que son amigos, lo demás es tontería. 😁❤




No hay comentarios:

Publicar un comentario