Capítulo 5
Zapatillas de deporte
Ellen Foster:
Después de llegar a casa, la tarde
pasó rápido. Estuve leyendo un libro y comiéndome los bombones que había
comprado en la tienda del chocolate.
Nochebuena la pasé igual: leyendo y
comiendo chocolate. Al menos la tradición de leer cuentos de Charles Dickens no
la había roto del todo. Mi padre también tenía que trabajar ese día. Decía que,
si no, la empresa se quedaría sin personal. Y en esas fechas era cuando más
ocupado se estaba. O algo parecido.
Y llegaron las Navidades. Cuando me
desperté, fui a la cocina y me preparé el desayuno. Me había despertado con los
ánimos por el suelo: no quería ir a esa fiesta. Luego se me ocurrió mandarle un
mensaje a Sarah para decirle que al final no iba a ir a la fiesta. Pero luego
me vino a la mente la figura de mi amiga, estando sola en aquel lugar. Aquel
chico... ¿Cameron? Creo que tenía pocas pistas para encontrar a Sarah. Y una de
ellas se trataba de mí. Quizá podía largarme de la fiesta en cuanto el chico
encontrara a Sarah, ¿no? Bueno, y después de acabar con las existencias del
chocolate.
Cuando terminé de desayunar, miré la
hora: eran las 12:00. ¿Me había pasado toda la mañana desayunando o me había
levantado tarde? El caso es que sentía que había desperdiciado todo el día.
Suspiré y me dirigí al armario en el que mi padre había guardado las cosas de
mi madre. Desde hacía unos años, no había abierto nunca aquellas puertas, pero
no tenía otro vestido. Y Sarah no me dejaría ser la única persona con sudadera
en toda la fiesta.
En una de las estanterías había una
fotografía de mi padre, mi madre y yo. En esos tiempos mi padre no trabajaba
tanto. Supongo que cuando ella falleció, él encontró en su trabajo... una
distracción para olvidar un poco el dolor. Eso a mí me hizo sentir más
solitaria. Me había quedado... ¿sola?
Encontrar el vestido fue fácil. Había
una caja en la que ponía: ropa. Y estaba de los primeros para evitar que se
arrugara mucho. Lo saqué y lo observé. El verde era un color que a mi madre le
sentaba genial. Pegaba con sus ojos, del mismo color.
Aquel vestido me traía recuerdos. Se
lo puso para la boda de unos amigos. Pero también se lo ponía a menudo cuando
íbamos a cenar los tres juntos. Era sencillo, aunque algo llamativo. Sobre todo,
al tener en cuenta que la gente no suele usar ese color. La parte baja tenía
unos ligeros volantes y era asimétrica, ya que la trasera era un poco más
larga. No tenía mucho escote, un detalle que me encantaba. Las mangas eran
cortas, pero tampoco eran tirantes, así que era lo que podíamos llamar „un
vestido perfecto". Por lo menos para mí.
Y, bueno, después de todo, si no me
había resfriado dos días antes (después de haberme empapado con la lluvia), era
difícil que me resfriara en una fiesta de Navidad por llevar un vestido de
manga corta, ¿no?
El resto del día se me hizo eterno.
No sabía qué hacer. Si leía, terminaba recordando que iba a tener que ir a una
fiesta e iba a tener que interrumpir mi rutina. Si comía chocolate, recordaba
el chocolate que iba a ver en la fiesta... y me daba más hambre. Pero si comía
demasiado, se me iba a acabar antes de darme cuenta.
Decidí ponerme a ver una película.
Escogí la más larga que se me ocurrió: Harry Potter y el príncipe mestizo. Dos
horas y media de distracción antes de la fiesta.
Cuando se terminó, observé el reloj
que había sobre una estantería del salón. Las 17:42. Había quedado con Sarah a
las seis. Me levanté a regañadientes del sofá y me puse el vestido que, para mi
sorpresa, no me quedaba pequeño. Tanto mi padre como mi madre eran personas de
baja estatura, así que tenía por supuesto que yo también lo sería. Lo llevaba
en la genética. Y aquel vestido me recordaba ese hecho. Bueno, esa prenda y el
hecho de saber que ya no crecería más.
Suspiré. Me puse una chaqueta y cogí
un bolso, en el que metí el móvil, las llaves, diez euros por si acaso y un
irresistible y hermoso libro de bolsillo. Salí de casa sin preocuparme por ver si el
vestido necesitaba o no plancharse.
Cuando estuve justo delante de su
casa, escuché la voz de Sarah. Y la de Alice.
-¡Alice! ¡Devuélveme el pintauñas! ¡Ellen se va a negar si no es negro! ¡Como no me lo des, no te voy a devolver los
caramelos!
-¡Pues déjale mis sandalias! ¡Sabes
perfectamente que va a traer zapatillas de deporte! ¡Y sus pies son pequeños,
no como los tuyos!
-¡Pero quizá le gustan los zapatos
que le he comprado!
-¡Ni en sueños! –Exclamó Alice. Se
escuchaban pisadas por toda la casa. Yo llamé al timbre y miré mis zapatos...
Ahí estaban mis zapatillas de deporte. ¿No debí traerlas? Si tenía que salir
corriendo, me venían de lujo. Es decir, soy mala con el deporte. Y corro a la
velocidad de una tortuga. Si llevo tacones voy a parecer un pato mareado. Y si
llevo sandalias, correr se me hará imposible.
-¡Ellen! –Exclamó Sarah abriendo la
puerta con total naturalidad. Estaba despeinada y con los pies descalzos.
Llevaba un vestido de color azul que le quedaba genial. Alice estaba a su lado.
Tenía puesto el pijama, pero también llevaba pelos de loca. Las dos escondían
cosas tras sus espaldas y tenían inocentes sonrisas.
-¡Feliz Navidad! –Exclamaron a la
vez. Yo sonreí.
-Tú tienes, probablemente, unos
tacones y un pintauñas. – Dije señalando a Alice. -Y tú tienes quizás… ¿unas
sandalias? -Apunté con el dedo a Sarah. Ellas se miraron, suspiraron y
mostraron que mis suposiciones eran ciertas. -¡Igualmente a lo de feliz
Navidad! –Dije entrando en su casa. –Me niego a ponerme pintauñas.
-¡Por favor, Ellen! Ya sé que no te
vas a maquillar. Yo tampoco lo voy a hacer… ¡Pero te muerdes las uñas y como no
te pongas el pintauñas se va a notar demasiado!
-No. Me niego.
-Ellen, Sarah tiene razón. Por cierto.
No te había visto en la vida con vestido. ¡Te queda genial!
-Oh, gracias, Alice.
-Estás guapísima... –Dijo Sarah, que
comenzó a fijarse en mi vestido.
-Tú sí que estás guapa. Ese vestido
es precioso. –Dije señalándolo.
-¿Verdad? –Respondió dando una vuelta
sobre sí misma. –Este bicho me acompañó a comprarlo. -Dijo señalando a su
hermana. - Si no fuera porque lo vio, no estaría con él. Y ya sabes que el azul
es mi color preferido...
-Sí. –Respondí con una sonrisa. El
color de sus ojos. Alice también sonrió. Miré la hora en mi móvil. Eran las
seis y cuarto.
-Bueno, ¿cuánto se tarda en llegar a
la fiesta?
-Como media hora caminando. Quizá un
poco más.
-Pues si nos vamos ahora, llegaremos
a tiempo y... –Las dos se miraron con rostros de cómplices.
-Ellen, no vas a salir de aquí con
esas uñas. –Dijo Alice cerrando la puerta.
-Ni con esos zapatos. –Añadió Sarah
señalando mis zapatillas.
-Eh... Me vienen bien para correr...
-¿Correr? –Dijo Sarah. Luego estalló
en carcajadas. –Vas a una fiesta, no a una maratón. –Luego me arrastró hacia su
habitación.
-Por lo menos no me pintes las
uñas... –Dije señalándolas. Si me ponía nerviosa, me las mordía. Era mi
naturaleza. Y me ponía nerviosa con facilidad. No me hacía ilusión llevarme a
la boca pintauñas.
-Te las voy a pintar. Así, si te das
cuenta, se te quita la manía.
-Ah...
Pronto, tuve las uñas de color negro.
Al menos eran del color de mi pelo y no de otro color más exótico.
-Ten. Te compré estos tacones hace
tiempo. Nunca supe si los llegarías a utilizar, pero creo que hoy es el día. –Sarah
me entregó un par de zapatos. Eran preciosos, solo que había un problema: tenían
tacón y eran muy altos. Tragué saliva y me los puse. No podía ser muy difícil
caminar con ellos, ¿no? He visto en películas que hasta corren con ellos.
Antes de que pudiera dar un paso,
pude ver muy de cerca la alfombra de mi mejor amiga. Sarah no podía dejar de
reír. Además, me quedaban como dos tallas grandes. Y Alice apareció por la
puerta con un par de zapatos, SIN TACÓN, de color negro.
-Vaaale... –Dijo Sarah mirándola.
Y tuve un par de preciosas
manoletinas en mis pies.
-Oh... ¿Estas también eran tuyas?
–Pregunté poniéndomelas. Me quedaban perfectas. Ella negó con la cabeza.
-Son mías. –Dijo Alice. –Un treinta y
cuatro, para ser exactos. –La miré perpleja. Y luego a Sarah.
-Yo tengo un treinta y siete. Y eso
es una talla normal. -Dijo señalando los tacones. -Tienes unos pies enanos.
–Suspiré.
-Bueno, pues Alice, me encantan tus
manoletinas. –Dije poniéndome en pie. -Sarah sonrió.
-Venga, vámonos. -Anunció mientras se
ponía en pie.
-Creo que antes deberías peinarte. -Sarah
entornó un poco la puerta y pudo ver en el espejo que había detrás de esta su
reflejo.
-Ah...
-Lamentó cepillándose el pelo.
En seguida estuvimos en la puerta, a
punto de salir.
– ¡Casi se me olvidan! – Exclamó Sarah.
-- ¡Los antifaces!
-¿Antifaces? –Respondí a punto de
ponerme a reír. ¿Qué tipo de ideas tenía Amber Owens? ¿Antifaces? ¿Como si
fuera una fiesta para la realeza?
-Ay Ellen, no te enteras de nada.
Siempre estás donde nadie está.
-Es que es mucho más interesante un
libro que saber en qué clases sociales está dividido el instituto. -Sarah se
comenzó a partir de risa. ¿Era mi comentario tan gracioso? De todas formas, su
ataque me hizo reír a mí también. Sarah es el tipo de persona cuya risa es
contagiosa.
-Por Dios... -Dijo, entregándome una
máscara del mismo color que mi vestido. La verdad es que era bonita. -¡Adiós!
-Exclamó cerrando la puerta principal.
-¿Cómo sabías cuál era el color del
vestido? -Pregunté mientras comenzábamos a caminar.
-Recordaba el vestido de tu madre.
Era precioso. Bueno, y lo sigue siendo.
-Sí... -Dije agachando la cabeza.
-Bueno, ¿estás preparada? -Preguntó.
-No.
-Eres muy exagerada. Te lo pasarás
bien.
-No espero pasármelo bien. Espero no
pasarlo mal. -Dije con una risa sarcástica. Ella me miró, elevó una ceja y
volvió a mirar al frente.
-Exagerada...
-Ja. Ya veremos si realmente soy una
exagerada...
¡Buenas!
A mí me gustaría ir alguna vez a una de esas fiestas que se hacían antiguamente, con vestidos imponentes y majestuosos… Esos eventos sociales me parecen bastante interesantes y me llaman la atención.
Pero me gustaría ir con un traje masculino... A pesar de todo, no me quedaría bien con mi estatura.
¡Muchas gracias por leer!
P.D: La mujer del cuadro ("Miss V in Green Dress", de Richard Emil Miller), no sería Ellen, sino su madre.
A mí me gustaría ir alguna vez a una de esas fiestas que se hacían antiguamente, con vestidos imponentes y majestuosos… Esos eventos sociales me parecen bastante interesantes y me llaman la atención.
Pero me gustaría ir con un traje masculino... A pesar de todo, no me quedaría bien con mi estatura.
¡Muchas gracias por leer!
P.D: La mujer del cuadro ("Miss V in Green Dress", de Richard Emil Miller), no sería Ellen, sino su madre.


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