sábado, 17 de agosto de 2019

Sabor a chocolate - Capítulo 11



Capítulo 11
Ventana rota

Ellen Foster:
Coloqué uno de los libros en la estantería y suspiré.  Agarré otro de los libros y miré las letras en el lomo para ver dónde debía colocarlo. En la biblioteca del instituto, lo libros siempre se habían ordenado por orden alfabético del título de la obra, pero desde que se había cambiado de director, se habían comenzado a colocar según el apellido del autor. Y, claro, eso hizo que se armara un gran escándalo. Ahora, cualquiera encuentra un libro si no está en su sitio... O hay que darlo por perdido, o buscarlo por todas partes. Suspiré de nuevo.
-¡¡¡Ah!!! ¡Basta ya! -Exclamó Rebecca. -¿Se puede saber qué te pasa hoy? ¡Esta es la decimocuarta vez que suspiras! ¿Estás bien? -La miré, perpleja. ¿De verdad había suspirado tantas veces?
-Perdona... -Dije. Suspiré de nuevo y, seguidamente, me tapé la boca. Sentí que la mirada de Rebecca me clavaba cuchillos.
-¿Te ha pasado algo estas vacaciones? 
-No... -Dije dándome la vuelta y colocando el otro libro. Cogí el siguiente.
-Ya... ¿esperas que me lo crea? He pasado por mucho. -Dijo orgullosa.
-¿A tus veintidós años? -Pregunté poniendo los ojos en blanco. Ella asintió.
-No subestimes mi poder.
-Ah... Bueno, pues fui a la famosa fiesta de Navidad de Amber Owens. 
-¿A la de esa chica? -Preguntó con horror. -¡No te pega nada! 
-Me lo pidió Sarah... No me pude negar. -Contesté mientras dejaba la caja vacía (de la que había estado sacando los libros), apilada junto a la entrada. -¿Quieres que haga algo más? -Pregunté mientras me acercaba a su mesa. Estaba corrigiendo montones de papeles: leía, tachaba cosas con un bolígrafo verde y escribía a toda velocidad. -¿Estás corrigiendo nuestras redacciones de filosofía? -Asintió. -¿Y cómo se corrige eso? 
-Si te soy sincera, ni yo lo sé. Solo hay que pensar en si habéis reflexionado sobre el tema y ya. -Respondió elevando sus hombros. -Bueno, no me cambies el tema. ¿Qué pasó en esa fiesta que te tiene suspirando?
-No suspiro por eso, sino por las consecuencias que han tenido lo que ocurrió allí. 
-¿Y bien? -Preguntó con curiosidad.
-Insistes demasiado... A ver, ¿por dónde empiezo? 

***

-Jajajajajaja... ¿Vives en una comedia romántica? -Exclamó cuando hubo escuchado todo. Primero había puesto una cara extrañada. Después, se había imaginado la escena. Y, por último, había logrado hacerla reír. -Bueno, ¿y por qué no le dices quién eres y empezáis a salir? 
-Mira, ya he tenido esta conversación con Sarah. Y no pienso hacerlo. ¿Tienes idea de la situación en la que estaría si lo dijera? Además, ¿qué estás diciendo de empezar a salir?
-No, si eres tú la que te has metido en la boca del lobo. -Dijo ella riendo. 
-Estoy completamente segura de que se decepcionaría si me conociera. -Respondí, sentándome en un taburete que había junto a la estantería de literatura inglesa, para llegar a los sitios más altos. -No soy como las demás.
-Pienso lo contrario. A lo mejor es eso lo que le gusta de ti. ¡Aaay la juventud! -Comentó.
-Tienes cinco años más que yo. -Dije observándola con extrañeza.
-Y han cambiado tantas cosas... ¿Sabes qué? ¡yo nací para ser vieja! Hihihi. -Me reí. Rebecca es una persona extrañamente genial. -¡Ah! ¿Qué hora es? -Miré la hora en mi móvil.
-Las cinco y media pasadas. 
-¡Dios mío! -Exclamó, nerviosa, mientras recogía sus cosas. -Ellen, ¿te importa cerrar tú hoy? Llego tarde a un sitio. 
-Para nada. 
-Perfecto. Me voy. -Dijo señalando la puerta y, seguidamente, saliendo por ella. -¡Hasta mañana! 
-Adiós... -Le dije antes de quedarme sola. Me senté en la silla que Rebecca había dejado libre y apagué el ordenador que Rebecca había dejado encendido. Saqué un libro. ¿Qué mejor forma de pasar el rato?

***

Cerré la puerta con llave y caminé por los pasillos distraída. Ya eran las siete menos cuarto. ¿Qué debía comprar para la cena? Quizá algo para prepararme una ensalada o una hamburguesa. ¿No? Lo bueno de ser la cocinera es que elijo la comida.
Sonreí para mis adentros y, repentinamente, sonó un estruendo. Un montón de cristales salían por la ventana, ahora rota, que estaba a mi izquierda. Reprimí un grito y me caí al suelo junto a un balón de fútbol. Tenía los ojos como platos y me había quedado completamente pálida. Escuchaba quejidos provenientes del exterior.
Un chico vino corriendo por la otra punta del pasillo y, cuando me vio, abrió muchísimo los ojos. Bueno, "un" chico no es una buena forma de llamarlo. Se trataba de "el" chico que fue a la fiesta con Sarah. Cameron, si no me equivocaba.
-¡Madre mía! ¿Estás bien? -Preguntó entrando en pánico. 
-Hey, Cameron, ¿qué pasa? -Dijo alguien desde el lugar de donde el balón había aparecido.
-¡Oye, que alguien venga! -Respondió él. -Había una chica pasando por aquí y... tiene cortes en los brazos...
Volví a la normalidad y me miré los brazos. ¿Por qué estas cosas siempre me pasan a mí? Se supone que ya tenía suficientes cosas que hacer como para que me pasara todo eso. Por lo menos en ese momento. 
Agarré mi mochila y me levanté. Me sacudí la ropa por si había restos de cristales y miré al chico, que me observaba asombrado.
-Estoy bien, tranquilo. -Le dije. -Por ahora deberíais preocuparos por limpiar esto. -Añadí señalando los millones y minúsculos trozos de cristales que había en el suelo. El chico tragó saliva y asintió con la cabeza.
-¿De veras estás bien? -Me preguntó justo cuando otro chico apareció por detrás.
-¡Cameron! ¿Qué ha ocurrido ahora? -Preguntó este. Tenía el pelo rubio.
-Ben, menos mal. ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en el consejo estudiantil?
-Sí, pero he escuchado el cristal de una ventana romperse. - Me miró y se sorprendió al ver los cortes.
-Oye, ¿estás bien?
-Cameron ya estoy aquí. -Preguntó otra voz detrás de mí. -Anda, también está Ben. -Me giré y observé al dueño de la voz. Creo que me puse más pálida que al ver el cristal romperse frente a mis ojos. Mierda... Si alguien nos estaba manejando como marionetas, ese alguien realmente me odiaba. 
-Aaron, ella dice que está bien. -Él me miró.
-¡Wow! ¡Estás llena de heridas! -Exclamó un segundo antes de que una gota de sangre chocara con el suelo. Él puso una expresión compasiva. Y en ese momento, me empezaron a arder los brazos

Aaron Russel:
Y una gota de sangre cayó al suelo. En el rostro de la chica apareció una mueca de dolor.
-Deberías ir a la enfermería. -Dijo Ben. -Yo voy a ir a por una escoba. -Dijo desapareciendo de ahí. En cuanto se esfumó miré a Cameron. Estaba nervioso. Después de todo, ni él ni yo habíamos sido los culpables de ese atentado contra la ventana. 
-Yo debería... -Lo miré e intenté hablarle con los ojos "No me dejes solo"... Pero no sirvió de nada, pues me respondió con un "Lo siento" utilizando, por supuesto, los mismos métodos que yo. -Debería ir a avisar a los del equipo... Estarán preocupados. - Dijo Cameron. -Eh... Aaron, acompáñala. -Suspiré, asentí y miré a la chica.
-En serio, estoy bien. -Dijo ella, mientras la sangre seguía apareciendo a través de los cortes. 
-No lo estás. -Dije cruzando los brazos. Podría irme y dejar de insistir, pero su cara de dolor me lo impedía. -No dejas de poner muecas. Deja de ser terca y vamos. -Crucé la mirada con ella, pero en seguida retiró los ojos. Eran verdes. En realidad, su rostro me pareció muy familiar.
-Vale, iré. Pero no necesitas acompañarme. Sé cómo ir. -Dijo dándose la vuelta y yendo en dirección al lugar. -Su voz también se me hacía familiar. 
-Pero si no te acompaño, no sabré si realmente has ido o si te has escaqueado. -Respondí sonriendo por haberla convencido, mientras comenzaba a caminar tras ella. Ella me observó, irritada.
-Buf... -Respondió. Yo la miré. Tenía el pelo negro, recogido, y, como ya había comprobado, tenía los ojos verdes. Unas gafas negras cubrían su rostro.
-¡Ah! ¡Ya sé por qué me suenas! -Exclamé cuando me di cuenta. Ella me miró con horror, prácticamente como si hubiera visto un fantasma. -¡Eres la chica del comedor! ¡La que se chocó conmigo sin querer y me tiró encima la ensalada! -Cuando dije eso, ella se relajó. Suspiró más tranquila y asintió. ¿Por qué tantos nervios? 
-Siento aquello.
-Tranquila. Sospecho que se debía a Amber. -Ella puso una expresión de sorpresa.
-¿Cómo lo sabes? -Pensé la respuesta y sonreí.
-El 80% de las desgracias que ocurren en el instituto se deben a ella. Y en cuanto desapareciste tú, ella apareció. -La chica sonrió. -¡Ja! Por fin sonríes. -Cambió inmediatamente la expresión y miró al frente. -Estabas con el ceño fruncido desde que te ha dicho Ben de ir a la enfermería.
-Ah... Ya... -Respondió ella. - Duele. Si estuviera sonriendo, podría considerarme estúpida. Además, tengo cosas que hacer y esto es perder el tiempo...
-¡No es perderlo! ¡Es ganarlo de otra forma! -Dije. Ella me miró extrañada. Vale, ya me había tomado por loco. -Eh... Perdona... Siempre terminamos rompiendo alguna ventana... -Suspiré. No sé cómo lo hace el entrenador para que los fondos lleguen después de haber roto tantas ventanas.  
-Tranquilo. Este tipo de cosas me pasan a menudo. -Dijo ella, abriendo la puerta de la enfermería. Dentro, las paredes eran completamente blancas y había una gran cantidad de estanterías, cada una con distintos tipos de medicinas. En medio, había un escritorio con un portátil cerrado y una silla, vacía.
-Uy, ¿y esta…? ¿Cómo se llamaba la enfermera? ¿Grace? -Ella asintió. -¿Dónde está? 
-No lo sé. -Contestó la chica elevando los hombros. Entretanto, ella se acercó a uno de los cajones y sacó unas cuantas vendas, una cinta adhesiva y una especie de suero para desinfectar las heridas. Las dejó sobre la mesa y me miró a mí y a mi expresión de sorpresa. -Tranquilo, sé dónde están las cosas. -Añadió. 
-Sí, eso ya lo he podido comprobar. -Se sentó en una silla que había frente al escritorio y se aplicó el desinfectante en el brazo izquierdo. Primero, puso una mueca de dolor y pronto comenzó a aplicárselo más tranquilamente. -Oh, eres muy autónoma. -Comenté sorprendido. -Yo no podría ponérmelo a mí mismo con facilidad. ¿Vienes mucho a la enfermería? 
 -Em... Te he dicho que estas cosas me pasan a menudo… Así que supongo que sí. -Contestó ella después de dudar la respuesta. Terminó de vendarse el brazo izquierdo y comenzó con el derecho, con algo de dificultad al ser diestra.
-¿Quieres que te ayude? -Pregunté. 
-No hace falta, gracias. -Respondió. -Incluso puedes irte, si quieres.
-Ah... -Respondí yo, cogiendo un taburete y sentándome a su lado. Prácticamente le quité las cosas de las manos y comencé a ayudarla. -¿Sabes que pareces un erizo? -Ella abrió los ojos, sorprendida, y a la vez, con el ceño fruncido.
-¿Que dices?
-Sí. No necesitas estar tan a la defensiva, solo trato de ayudarte. -Respondí terminando y comenzando a enrollarle las vendas. Y tras unos segundos de silencio, ella se decidió a hablar de nuevo.
-Gracias... -Murmuró. Cuando terminé, comencé a guardar las cosas en el cajón del que las había sacado. 
-¿Cómo te llamas? -Pregunté. Ella tardó un momento en responder.
-Ellen... Foster.
-Bueno, pues encantado de conocerte. Yo soy Aaron Russel. -Respondí ofreciéndole la mano. Ella la aceptó y, después, se levantó y me miró con satisfacción. 
-¿Sabes que vamos juntos a matemáticas? -Preguntó. Me sorprendí. 
-¿En serio...? Vaya, no lo sabía. -Añadí. -Perdón. No le suelo prestar mucha atención a mi entorno. -Reí.
-No, si yo tampoco. Y soy malísima con los nombres. -Respondió ella sonriendo también.
-Sí, sí. Yo también soy terrible con los nombres. 
-Bueno, gracias por todo. Y encantada de... conocerte. -Dijo pensando bien en sus palabras. Se aproximó a la puerta y cogió su mochila verde. Me fijé en que tenía el llavero de un gato negro. 
-Igualmente. Y siento todo lo que ha pasado. Con lo de la ventana, digo. 
-Ah, no lo sientas. En todo caso, estamos a mano. -Contestó sonriendo, refiriéndose a lo del comedor.
-Adiós. -Dijo saliendo por la puerta, con un agitar de su mano.
-Hasta mañana. -Respondí antes de quedarme solo en la sala. En ese momento, recordé que al día siguiente no teníamos matemáticas. Me sentí un tanto estúpido.
De todas formas, esperaba que no le hubiera molestado que no la reconociera... Después de todo, somos como cuarenta estudiantes por clase. Si tuviera que memorizar tantos rostros y nombres, mi cerebro directamente explotaría. En serio. Pero ese me lo apuntaba mentalmente.

“Ellen Foster”.
   Continuará...

¡Bueno, bueno, bueno!
¡Ellen le ha dicho su nombre! Bueno, pero él no sabe quién es ella, además de la chica del plato de ensalada y de la ventana rota.
Ahora bien: gracias por seguir leyendo esta novela. ¡Bienvenidos al primer capítulo cuyo número es capicúa! Acabo de inventarme ese título, pero es genial, ¿verdad? 😂





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